Las cataratas de Iguazú







Volábamos sobre la costa brasileña; yo miraba en lo hondo del desierto que atravesábamos y recordaba mientras tanto la tarde en que nos propusimos retirar las medicinas a mi madre. El color de las nubes, esa grisura del horizonte, similar a aquella tarde de invierno, me tenía triste y taciturno en este primer día de viaje. Nos dirigíamos a Uruguay. Las nubes por debajo eran hermosas poco después del amanecer, grandes pináculos y torreones flotando algodonosos y leves sobre el mar oscuro del fondo. Victoria se reponía bien de la operación. Las seis de la mañana. Mario, Lucía y Guille ya estarían en clase. Serían tres meses sin verlos... mucho tiempo; había llegado definitivamente la hora de la autonomía. Había muchas cosas nuevas ya en las vidas de todos ellos. La muerte de mi madre marcaría un hito importante para toda la familia. Dejaban atrás pequeños asuntos pendientes: el despiste de Mario, los exámenes de los tres en un par de semanas, los pequeños problemas cotidianos que podían surgir en casa. Iba a ser una buena oportunidad para que también ellos crecieran.


Las exhortaciones de Cioran incitaban aquel día a revisar el mundo de las melancolías y las emociones. Había muchos modos de pensar y vivir; de ahí la necesidad de bañarse en aguas primordiales de vez en cuando, recordar lo que es importante y lo que no lo es; el modo de vivir puede paralizar nuestras fuerzas vitales más preciadas, la vida cotidiana absorbe con su rutina y su visión estrecha todo lo que el instinto tiene de mediático. Languidecemos durante años al amparo de un empleo, de unos plazos que pagar, de un montón de insignificantes obligaciones que nos atan como a Gúlliver a la tierra y al paso de los días. Desapareció el mar allá abajo. Ahora era una tierra cubierta de bajas lomas verdes; de entre grandes extensiones de valles cubiertos por la niebla, apuntaban sobre el blanco luminoso pequeños archipiélagos de islotes oscuros y apuntados. ¡Cuánta tierra se podría recorrer con tal de que fuéramos capaces de cargar unas pocas cosas a la espalda! Pero la seguridad también nos hipoteca y nos ata, y nos hace cómodos... y un poco insignificantes. Nada como el camino para despabilarnos y quitarnos la modorra de encima. Lucha contra el cansancio y el frío... Reflexiones para una mañana de vuelo.



Hicimos escala en Montevideo, el tiempo suficiente para dar una vuelta y comer en un chiringuito: cacahuetes garrapiñados, chivitos y unos húngaros. Por la tarde aterrizamos en Asunción, una ciudad bulliciosa de calles abarrotadas atravesada con autobuses repletos que rodaban a una velocidad desorbitante en medio de un tráfico de locos. Aquella noche durmimos en un camping cercano a la ciudad. El lugar era un prado encantador situado en el recinto del Jardín Botánico. Estábamos solos, únicamente nos acompañaban gatos, vacas, hormigas y los mosquitos, muchos.



Ella se encontraba blandita, como solía decir yo cuando su ánimo bajo o su inseguridad aflojaban su voz hasta dejarla convertida en endeble hilo a punto de romperse; nos sucedía a ambos de tarde en tarde; el signo de inseguridad más ostentoso; cuando la confianza en uno merma tanto, se siente uno tan poquita cosa que más valdría echarse a dormir por ver si a la mañana siguiente amanecía más propiciatoria. Cuando atravesar el día es abrirse paso en una sustancia espesa porque los pies pesan sobremanera y uno se siente pequeño pequeño. Y yo me encuentro incómodo porque en ella me veo a mí mismo, un cuadro en el que la timidez aparece en su expresión menos favorable e incita a apartarse del mundo hasta el tiempo en que de la mano de la autoestima uno pueda volver a encontrarse de igual a igual con los otros, hasta que mirarse al espejo sea un ejercicio de saludable aceptación. Mientras tanto la calma de la tarde bajo los árboles era infinita, nada parecía poder romper aquella quietud. Me sentía ridículamente pequeño e insignificante con ese manojo de reflexiones bajo el brazo, como un colegial que repasara los elementales argumentos de una enciclopedia de primaria. Luego la tarde se fue llevando estas sensaciones, el bosque se fue llenando de mosquitos, y las hormigas, voraces, empezaron a corretear por mis piernas y a dar dentelladas a diestro y siniestro. El aire estaba lleno de cantos de pájaros desconocidos. La expresión de los rostros del personal que atendía el jardín botánico estaba llena de dulzura. Guaraníes. Decían señor y señora para dirigirse a ellos, eran de carácter muy humilde.



Una mañana salimos temprano camino de las cascadas de Iguazú. En lo alto del cielo el río, inmensos y devastador, se desplomaba sobre el vacío. El espíritu de los primeros exploradores estaba en aquella mañana de niebla suspensa entre el follaje junto al río, ligera y acogedora con el fragor cercano llegando bronco desde dentro de la selva. Se me ocurrió oscuramente que nosotros mismos machamos de un modo u otro tras las huellas de El Dorado, alguna verdad, que tras la muerte de la madre, fuera abriéndose paso en la niebla, en la inmensidad del espacio americano: grandes ríos, montañas, páramos, tierras heladas, volcanes que tuvieran la capacidad de convocarlas. Después de todo la vida continuaba y a la razón de ser de los hijos, tras su mayoría de edad, y a la del destino último de la madre, habrían de seguir otros descubrimientos y empeños. Una fina película de agua débilmente atravesada por el sol de la mañana aparecía como flotando en espesura de la selva. Los cantos de los pájaros eran cientos. Descendimos por un estrecho sendero que bajaba al río. El camino atravesaba por medio de un bosque cuyos troncos exhibían una preciosa gama de colores, vistosos líquenes que crecían mantenidos por la humedad y las altas temperaturas. La humedad velaba la óptica del objetivo de la cámara.






El bosque cargado de humedad me recordaba una mañana de viaje por Bengala cuando la niebla se levantaba en la jungla al final de una noche de tren por la llanura del Ganges. Las cataratas de Iguazú no tenían traducción en palabras, demasiada agua, una enorme e inmensa grandiosidad con que engrosar las sensaciones; como siempre un buen lugar para meditar.



Tras la vuelta al hotel nos recogemos en la habitación, un espacio pequeño donde es agradable terminar el día leyendo o escribiendo. Sería ideal una literatura que hiciese imposible el recuerdo, que no dejase actuar a la memoria, decía Guillermo en su último correo. Que después de leer un libro no pudieses recordar nada, no pudieses contar nada a quien te preguntase, porque no hubiese contenido en el libro, porque estuviese escrito de tal forma que sólo existieran las palabras, o que hubiese algo más que palabras pero ese algo no fuese archivable en la memoria. Esta literatura permitiría exclusivamente la lectura, no el comentario, sería Literatura, ya que todo estaría en la lectura; sería, usando términos de Benjamin, una teología de la lectura. Guille leía Malone muere, de Beckett en aquellos días.



Bueno, acaso vivir al margen de la memoria. Una idea interesante. Aunque sería lamentable no poder recordar, no relacionar las lecturas, perder la posibilidad de los múltiples encuentros, los cruces de camino que las páginas de libros proporcionan para llegar a otros espacios e ideas, prescindir de las reminiscencias con que ellas pueblan nuestro cerebro.







Entre el Paraná y Buenos Aires

Hacia el sur, camino de Buenos Aires, bajamos acompañando a la calmosa corriente del Paraná que, después de engrosar sus aguas con las del Iguazú, corre zigzagueante y solemne marcando la frontera entre Paraguay y Argentina. Tras la lectura de los cuentos de Horacio Quiroga el río había adquirido en mi mente cierto halo de mundo, esa clase de pensamientos adecuados para quienes la aventura y los peligros parecen constituir el caldo vital en que hacer transcurrir los años de la vida. Selvas, parajes infranqueables, hormigas devoradoras: el trabajo constante de sobrevivir. Los hombres fuertes, varoniles y hermosos enfrentados al constante reto de seguir existiendo. Uno debería tener muchas vidas, pensaba yo una tarde sentado en la orilla frente al agua espesa del Paraná; gastar cada vida en una hermosa y completa aventura, acabándola, exprimiendo en cada una de ellas lo mejor que uno tiene; porque es verdad que una única existencia no es suficiente para expresar nuestras capacidades, nuestro revuelo interno; no es suficiente para conocer el mundo y sus habitantes; todos los rincones que esconde el planeta, inviolados y remotos, sólo aptos para los valientes, gente aguerrida que hace del peligro un amigo fiel, una amante feroz y salvaje a la que hay que vigilar para que en un momento no nos devore en medio de la pasión.

Por encima de la corriente del Paraná se eleva aquella noche la luna en su cuarto menguante, decreciente sólo hasta que reflexionando cómo estaba en días anteriores sobre el cielo de casa, en Madrid, caemos en la cuenta de que hay algo que no funciona, algo extraño en esa luna sobre la noche americana, porque si en Madrid los últimos días la luna era un trocito de filo de uña creciente no era posible que repentinamente ésta estuviera acabando su ciclo luminoso sobre el cielo de nuestro planeta. Tardamos un buen rato en comprender que la posición de la luna y el sol; al cambiar el observador de hemisferio, se veían de manera diferente. El cielo había cambiado su aspecto, ahora era imposible encontrar en su lugar habitual las constelaciones más corrientes. A partir de ese momento el sol estaría siempre sobre el plano norte del hemisferio.

No, el mundo de Quiroga queda para la siguiente encarnación, en ésta la cosa no daba para más. Cuando no alejamos río abajo experimento esa sensación de quien encuentra las uvas demasiado verdes cuando lo que resulta es que el emparrado está excesivamente alto. Al sur de la provincia de Misiones nos detenemosen la reducción jesuita de Trinidad y desde allí saltamos a la cuenca del río Paraguay para encontrarnos con la ciudad de Yapeyú, cuna del general San Martín; pueblo escueto de casas de madera y piso de tierra pisada que se atravesaba en dos zancadas. La posada comparte sus funciones con las de carnicería y bar del lugar. La llegada de la pareja de españoles parece armar un pequeño revuelo entre los moradores de aquel diminuto establecimiento, huéspedes de los que sólo muy de tarde en tarde se dejan caer por allí y que levantan la curiosidad de Fermín, Herminia y del único hijo del matrimonio, Alcides. Él, un hombre de baja estura, pelo entrecano y el aspecto que da el largo confinamiento en el medio rural ejerce esa tarde el papel de un anfitrión solícito; ofrece cerveza, un refresco, un café; que están ustedes en su casa, vamos, dice. Después deja el pequeño porche en donde se han instalado dispuestos a conversar y va a atender la carnicería en la estancia continua. Herminia nos deja en manos de Alcides, un curioso y desinhibido mocetón de siete años que no para de hacer preguntas y que apenas se separará de nosotros durante el resto de la tarde.

Encarnación, la vendedora de chipas, una torta de almidón de mandioca, deja su cesta sobre la mesa del porche y se sienta dispuesta a pegar la hebra con los recién llegados. Le falta tiempo para largar la historia de su vida de una sola vez. Treinta años, vive sola y cría a cinco hijos. El marido, que sólo de tarde en tarde llegaba a casa para hacerle un hijo, terminó por desaparecer. Encarnación habla con una decidida templanza de ánimo, una de esas mujeres de las que aunque se hundieran el mundo sabrían sacar alimentos para sus hijos en mitad del desierto. Ahora se mantiene cocinando y vendiendo chipas, más unos pequeños ahorros, dice, que obtuvo trabajando como sirvienta en Buenos Aires. El hijo mayor es limpiabotas y contribuye con un par de pesos diarios a la economía familiar.

-¿Y no usáis preservativos? –le pregunta Victoria.

-Ja, mi hombre es muy macho para usar esas cosas –contesta ella con cierta indiferencia.

Herminia piensa de manera diferente, asegura que a las mujeres paraguayas lo que les sucede es que no quieren trabajar; pero Encarnación responde acaloradamente que eso no es así, y que, además, a ellas no les importa si tienen que ir a la chacra a trabajar de sol a sol. Frente al porche se detiene ahora un hombre moreno y larguirucho acompañado por tres indígenas, un predicador mormón que hace la competencia a la única parroquia católica del lugar. Saluda, se interesa por los huéspedes y cinco minutos después sigue su camino por la vereda de tierra que se aleja desde la carretera hacia el río.

En Buenos Aires no hay siquiera el espacio de una pausa que ponga en perspectiva la diferencia entre el mundo de los grandes ríos y la gran ciudad argentina; Buenos Aires se convierte aquel día en un restaurante vegetariano, en una estrecha calle peatonal, en una visita al teatro Colón y poco más. Habíamos llegado allí en un largo trayecto de doce horas de autobús y partíamos aquella misma tarde camino de Santa Rosa, en la Pampa, un viaje en autobús no más corto que el anterior.

Ese hasta entonces poner tierra por medio con la vida cotidiana que había sido el proyecto del viaje a América, parecía estar convirtiéndose también en norma de conducta dentro del propio viaje, en donde un paisaje sustituía a otro sin parar; porque no se trataba ya de huir de la continuidad reiterada de los actos en un lejano Madrid, sino que ahora, sin que hubiera una razón suficiente, sentía como un hormiguillo venirme esa misma necesidad de desplazarse sin interrupción, nunca estable en un lugar, sentir la presión de buscar un destino que sustituyera a la ciudad a la que recién se habían llegado. El por qué fuera Buenos Aires sólo un lugar de tránsito en aquellos días es fácil imaginarlo ávido como estaba de todo aquello que se escondía en mi imaginación bajo la evocación de las palabras Patagonia, Tierra del Fuego, Andes; lugares que desde muy joven estuvieron en mi mente de viajero esperando el momento de ponerse en camino.

Ese estado de gracia de los días que precedieron a la muerte de mi madre debería volver a encontrarlo en algún lugar, un espacio diferente a todos, donde fuera posible, en comunión con un paisaje vasto y hermoso, reconstruir pedazo a pedazo esos rastros de vivencia sustancial que la ciudad no podía proporcionar y que yo intuía sí podría encontrar en algún pequeño pueblo de los Andes. Todo menos volver a quedar perdido en el adormilado enmarañamiento de las obligaciones diarias. Volvía a meditar sobre el tiempo. Quizás lo nuevo, lo distinto tuviera que venir de largos ratos de ocio, tardes enteras sentado en la cama de un hotel escribiendo, hilvanando ideas; en el campo, bajo un árbol, en los largos recorridos de autobús. Hasta ahora apenas había sido posible ese ocio gratificante. Por el contrario no había magia ni misterio en los días, más bien todo era plano y sin brillo; todo muy diferente al recuerdo vivo de ese paisaje que tan exótico y nuevo se me había mostrado años atrás en un viaje solitario a la India. Ni siquiera esos enormes ríos, Paraná y Uruguay, que yo trasladaba a estepas o enormes selvas, estaban en condiciones de poner hoy en movimiento mi imaginación. Quizás llegue un día en que la capacidad de descubrir se desvanezca, reflexionaba mohíno.

Ahora esperaban algo de la Pampa, de la Patagonia, de la luz, del color, de las formas, de la inmensidad del paisaje, de la soledad; no sabía, nuevas impresiones, estímulos que les pusieran sobre otras pistas y otras realidades.

Santa Rosa de la Pampa



Camino de la Pampa. Estancias, secos pastizales, horizontes planos y enormes como en el mar. Un trayecto muy propicio para volver a las ensoñaciones sobre el tiempo y el futuro.En Santa Rosa de la Pampa el pequeño portátil que nos acompañaba dio los primeros frutos. Con la máquina a cuestas nos fuimos a un locutorio telefónico. Eran tiempos que recoger el correo electrónico apenas había comenzado a funcionar. Conectamos el pequeño enchufe, pusiemos en funcionamiento el programa, y... maravilla de las maravillas, una bandeja sobre la pantalla se fue llenando de cartas que venían de casa.

Mario; siempre una peculiar manera de escribir; le seducían las paradojas, una escritura espontánea y rocambolesca en la que no era fácil encontrar lo que quería decir, pero que sí indicaba un alto grado de apasionamiento y dispersión. Había sido siempre un estudiante muy irregular con propensión a dejar para última hora sus tareas. En su habitación todavía existe la pintura, quizás del periodo barroco, en la que un niño duerme apoyado en su brazo junto a sus deberes escolares en la mesa de trabajo. En los últimos tiempos su mente volatera picoteaba indiscriminadamente aquí y allá hasta el punto de no saber dónde se encontraba el norte. Aunque no estaba por la labor de hacerse muchos proyectos todavía, decía, algún hueco si encontraba para ellos; así que de momento había pensado en apuntarse a unas clases de guitarra, se iría a Europa, leería, pensaría, escribiría, haría fotos, aprendería inglés y ya de paso se daría una vuelta por Holanda a visitar a unos amigos. Ahora estudiaba filosofía, a Nietzsche y Schopenhauer, y, además, hacía un hueco para leer a Julián Marías y a Carmen Laforet. En su mundo podía caber todo, también, o muy especialmente, la contemplación del campo que rodeaba la casa familiar. Como ni Lucía ni Guille os lo dirá, decía, os lo cuento yo: aquí el campo está precioso, las cerezas crecen fuerte; hace mucho viento, parece como si el aire se hubiera llevado a los pájaros. Su afición por los bichos se había despertado en él desde que era muy pequeño. Terminaba su carta, en medio de otras cosas, diciendo que estaba enamorado.

El camino desde el deseo a la satisfacción de ese deseo; esa distancia, dice Freud, se llama cultura. La cultura sexual, es decir, la distancia que va del deseo a la satisfacción sexual, se llama —o podría llamarse—, diría yo, erotismo. El erotismo como sucedáneo, adelanto, paso previo, camino de la satisfacción sexual. En este caso la referencia de partida pertenecía a El inmoralista, lo que había llevado a Guillermo a recordar a Freud. Las clases de Ramos estimulaban en él su apetito libresco. A Guille se le echaba de menos en el correo por entonces.

Victoria terminó en Santa Rosa con La forja de un rebelde, de Barea. Un recorrido por la experiencia personal del autor en los tiempos de la guerra última. El miedo, la angustia, también física, que le llevan cerca de la locura son algo fácilmente imaginable en la vida española de los años 1936-39. Dice en algún momento: “La guerra ha arrancado a España de su parálisis, ha sacado a la gente de sus casas donde se estaban convirtiendo en momias...” ”Seremos los más fuertes, mucho más fuertes que nunca, porque se nos habrá despertado la voluntad”. No era la primera vez que yo me encontraba con esta idea conturbadora entre las manos, la posibilidad de que los pueblos eviten convertirse en momias corría, parece, peligrosamente de la mano de hechos llamados a exterminar a una parte importante de la población; el dolor, la muerte, los sufrimientos indecibles como estimuladores de nuestras capacidades, la guerra convertida en incentivo para resucitar la voluntad; el instinto de vida, adormecido tiempo atrás, propulsado, exacerbado ante la cercanía del instinto de muerte. Paradójicamente los amantes de la vida son los que más se exponen al riesgo de perderla. Esa era la filosofía de los escaladores de montañas, los exploradores, los pioneros de toda condición. Es más que probable que todos los conquistadores de este continente necesitaran la huera disculpa del oro, el poder y la gloria para dar satisfacción a otras necesidades más profundas que ellos mismos eran incapaces de concretar. Cuando no sabemos nombrar la propia efervescencia interior es fácil que ésta tome el aspecto de sentimientos comunes y vulgares que parecen bogar por encontrar su puesto en el prestigio social pero que sin embargo esconden un insaciable deseo de búsqueda de uno mismo a través de la confrontación con los peligros y las aventuras que la conquista ponía ante ellos. Si el que se mete en peligros sin cuento no sabe muy bien la razón de ello, ¿por qué habremos de creer a todos aquellos que manifiestan empeñar su vida a fin de hacerse con un peñasco de oro? Acaso ni siquiera ellos mismos llegarán a saber nunca la razón real que les empuja a tan descabelladas aventuras. Almas en manos del destino, pasiones empujando desde recónditos rincones, incontroladas, tan ciegas y locas como las fuerzas del amor. La guerra había puesto de nuevo a la población frente a las pasiones elementales, frente a la necesidad, el individuo había tenido que emplear para vivir esa parte adormecida de su inteligencia y de su creatividad que vivía arropada por el espíritu gregario que la vida social va suministrando poco a poco en reducidas dosis a modo de veneno de efecto retardado.

Santa Rosa era una ciudad pequeña y tranquila de casas bajas y calles anchas y bien cuidada. En una esquina nos topamos con dos policías que hacían la ronda callejera con aspecto aburrido. Nos paran, nos piden los pasaportes y comienzan a tomar acta del encuentro: datos personales, aspecto, peso, descripción pormenorizada de la ropa que llevábamos en aquel momento. Uno de ellos dictaba al otro, que con letra de colegial iba anotando en un cuaderno de rayas los pormenores arriba indicados. Se disculparon diciendo que cumplían con las ordenanzas. Después se despidieron amablemente.

Antes de partir de nuevo en dirección al parque nacional de Liuell Calel, escribimos a casa. Yo aludía humorísticamente a lo mucho que la distancia estaba contribuyendo a que las incompatibilidades con Mario relajaran mi ánimo. ¿Qué tal te va la vida sin mí?, le decía. Y con mayúsculas, añadía: estudia pequeño cabronazo... estudia y déjate de gaitas.

Victoria estaba contenta y romántica aquella tarde, acababábamos de terminarnos una botella de vino a la luz de la luna al revés y le salió una carta llena de bromas y de buenos deseos, especialmente para Mario, el viviente del mundo no encontrado, al que pese a los capirotazos que venía recibiendo de su padre, le había salido una despedida en su último correo tras los besos de rigor, diciendo que estaba orgullosos de tener unos padres así, orgullosos también por la forma en que les habían educado.

Lihuel Calel y Bariloche



Amanecía cuando el autobús paró junto a un pequeño grupo de viviendas. El parque comenzaba tres o cuatro kilómetros en dirección a unas lomas próximas que a esa hora recogían la luz anaranjada de un sol pálido que desperezaba en el horizonte. En las anotaciones de aquella mañana no aparecen el parque, ni sus animales salvajes, ni sus serpientes de coral, ni sus jabalíes de enormes proporciones, el sólo animal visible era Cioran: “La única arma contra la mediocridad es el sufrimiento... 

Toda la angustia que sigue al sufrimiento mantiene al hombre en una tensión tal que ya no puede ser en lo sucesivo mediocre”. La luz de la linterna había alumbrado durante parte de la noche las páginas del libro que fue durante las primeras semanas del viaje el manantial de donde brotaban ideas visionarias, que acaso dormían en mi interior sin que hasta entonces hubiera sido consciente de ello; porque sucedía con frecuencia que leyendo a Cioran uno se encontrara sorprendido ante una afirmación que lo golpeaba con brusquedad, un pensamiento en definitiva que más que ajeno parecía surgir del fondo de sí mismo en el momento que se encontraba con su idea pareja en las páginas del libro. 

Algo que saliera del subconsciente ante el arrebato de las trompetas del filósofo. Arropado en el libro la oscura llanura de la Pampa fue pasando durante las horas de la noche; noche de excepción como tantas otras de largos viajes cuando el pasaje duerme y el ronroneo amigo del motor y el paisaje, atravesando la ventanilla, oscuro y misterioso, proyectaban en pensamientos y sensaciones de extraordinaria viveza. Momentos de ensueño, de aislamiento, de rara felicidad en que el alma pasaba a ser parte indiferenciada de un todo, con la noche, el aire, el ronquido silbante de un pasajero.

La Pampa era un inmenso llano donde no era difícil reflexionar sobre el sufrimiento, uno podía perderse en abstracciones sin fin desde los solitarios roquedales de Lihue Calel. Visitar un país nuevo y estudiar su historia mientras lo atravesaban, y con especial razón América Latina, era entrar en un mundo de infamias seculares. Por aquellos días leía Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, un impactante documento de la dramática historia de la tierra que atravesábamos. El día anterior, mientras esperábamo el autobús en un chiringuito, la televisión intentaba convencer a los argentinos no sólo de que no evadieran impuestos, sino que les instaba por demás a controlar la evasión. Y lo decía uno de los gobiernos más corruptos del mundo, con un presidente, el señor Menem, que sorprendía a sus compatriotas con anécdotas como esa afición suya de viajar por el mundo con su peluquero a cuestas, lo mismo que otros lo hacían con la mucama, y que, como señor absoluto de Argentina, se permite el lujo de fletar un avión a La Rioja, su región de nacimiento, con la función exclusiva de recoger allí su tarta de cumpleaños; todo ello, en un país endeudado hasta la médula de los huesos.

Al día siguiente, atravesando el parque hacia las colinas, nos cruzamos en el camino con un serpiente coral, una advertencia de que el sufrimiento podía estar a la vuelta de cualquier esquina. Un reptil hermoso de mordedura mortal que tomaba el sol en la curva del sendero y que advirtimos apenas cuando ya estábamos casi encima de él. Buena suerte han tenido, nos dijeron después, porque no hay antídoto para ese reptil en muchos kilómetros a la redonda. Otros animales que poblaban la zona y que vieron en la mañana fueron guanacos, jotes, halcones y un tipo de águila desconocido en Europa.

Fue agradable departir aquella tarde frente al fuego con Miguel y Adriana, los guardeses del parque, mientras Bárbara y Catalina, una, rubita y pesocosilla con pinta de ser un trasto, y otra, la hermana mayor, ya una buena estudiante a los seis años, hacían diabluras con un gato de pelaje ceniza. El mate pasaba de uno a otro mientras Miguel narraba la cacería de la semana anterior con un grupo de adinerados bonaerenses. En algún momento Adriana nos llama desde la proximidad de la ventana para presentarnoa al zorrito que pasea por las tardes en las cercanías de la casa a la búsqueda de comida. Un poco más allá, días atrás, una de las noches de luna, se paseaba también un puma. Hablan luego de los hermosos nombres y topónimos que han dejado los mapuches en el lugar: las chauchas, el huitru, el chancho (cada chancho a su chiquero: como decir cada mochuelo a su olivo). Suenan bonitas estas palabras al calor del fuego. Luego se interesan por los ñandúes que cazaban los mapuches con las boleadoras (unas bolas de piedra sujetas a una cuerda, que utilizaban también los gauchos) y que ya habían visto desde el autobús corretear por la Pampa al atardecer.

En Bariloche terminaba definitivamente el otoño, la primavera madrileña. El recuerdo más inmediato de aquellos días fue un rústico cuarto de baño revestido de madera, el cálido chorro de la ducha, la nieve cayendo despaciosa tras el ventanuco frente a la ducha.

Por fin, frente a unas tostadas y un té humeante, junto a la estufa de leña de la buhardilla barilochana, podía, descansado, echar la vista atrás. Habíamos viajado durante doce horas continuadas desde el Parque Nacional de Lihue Calel; distancias increíblemente dilatadas para las que era imposible encontrar autobuses que las atravesaran durante el día, con la consecuencia de sólo poder admirar el paisaje en las horas del amanecer y del crepúsculo. Autobuses cómodos como para vivir en ellos, en los que no falta nada y en donde uno se aposentaba como para pasar el resto de sus días soñando, durmiendo o leyendo, como fue mi caso una vez más durante una gran parte del recorrido. En aquella ocasión fue Borges, su relato Pierre Menard, autor del Quijote. La energía que gasta Borges para inducirnos a aceptar “su realidad” en parecidas condiciones de igualdad que eso otro que llamamos, tan seguros nosotros, curiosamente, también realidad, es bastante superior a aquella de que hace empleo, por ejemplo, García Márquez, que apenas se molesta en montar el escenario y simplemente nos hace observar que en aquel momento Melquiades atraviesa con su alfombra voladora por el hueco de la ventana. Sin embargo a ambos terminamos creyéndoles, quizás porque su realidad está más fundamentada que la nuestra, que sólo es cosa de mirar y palpar, mientras que la de ellos se tiene en pie por obra y gracia de un sofisticado mecanismo que aprovecha de la especial característica de nuestro cerebro para interesarse por un relato bien trabado. Pierre Menard escribe el Quijote, y la única diferencia entre él, Cervantes, y cualquiera otro que publique en volúmenes las etapas de su labor, es que él resuelve en todo caso perder su obra después de concluirla. La creación es una especie de sortilegio que empieza y termina como un fuego fatuo en los límites de nuestro cerebro. En cualquier caso Pierre Menard no puede imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:

Ah, bear in mind this garden was enchanted!


Nuestra sed de encantamiento es tal, que desearíamos recluirnos en ese jardín y no salir de él más que para atender a las pedestres cuestiones de la vida práctica. A fin de cuentas, el jardín encantado de nuestra imaginación, aun nutriéndose del mundo externo, tiene la enorme ventaja a su favor de ser nuestro en lo que atañe a su organización y expresión; una creación propia, que por el hecho de serlo alimenta y calma nuestra sed de ser.

Antes de llegar a Bariloche, el autobús había rodado sobre el paisaje desértico de la Patagonia, para entrar más tarde en el Valle Encantado, en cuyo fondo, el río, acompañado por las masas de los sauces dorados corría encajonado entre farallones de color miel. Llegamos definitivamente a Bariloche cuando caía el regalo de una nieve blanda y navideña, la primera nevada del año.

En el hotel buhardilla nos encontramos con Jim, un joven californiano que daba la vuelta al mundo en bicicleta; charlamos hasta caer muertos de sueño. Las cuatro de la mañana.

La nevada de la noche había dejado el regalo de un hermoso manto blanco en la ciudad y sus alrededores. Como no era cosa de arredrarse, nos abrigamos, metimos unas cuantas cosas en una pequeña mochila y nos fuimos camino de las montañas a dar una vuelta. Una vuelta que se convertiría en una marcha de seis horas a través de la nieve valle del Challhuaco arriba, hasta llegar al refugio de Neumeyer, un edificio de madera con dos de sus fachadas cubiertas por una enorme cristalera. Estábamos en el corazón del Parque Nacional de Nahuel Huapi, un paraíso sembrado de montañas nevadas y lagos de ensueño.

El final de la tarde transcurrió entre mate y mate al calor de la estufa donde se secaban humeantes las botas; al estudiante californiano se sumó un fotógrafo argentino; la tertulia se prolongo nuevamente hasta entrada la madrugada.

Al día siguiente aprovecharíamos un día de sol para pasear por el bosque de Llao Llao. Arrayanes, ñires, un ejemplar de amancay. La luz llegaba débilmente hasta los arrayanes, pero aún así ello no impediría hacer alguna excelente toma de ese rincón de ensueño.

De aquellos días recordaré esa curiosa necesidad de contar cada noche en largos correos a nuestros hijos las cosas tontas que pasaban a lo largo del día: ese brillo de la mañana sobre las laderas nevadas, las nubes que cabalgaban alargadas sobre el fondo quebrado del lago, la nieve sedosa y mórbida graciosamente asentada sobre las ramas y las rocas.

Fitz Roy y el glaciar Perito Moreno



Atrás quedaba el paisaje espléndido de Bariloche y sus alrededores, el bosque encantado de la isla de Llao Llao, bosque de nothofagus con ejemplares de nombres tan bellos como el bosque mismo: pagaguas, chilcos, pañiles. cohines, lengas, un magnífico rincón de arrayanes. Ahora volábamos en un avión militar rumbo a Comodoro Rivadavia; la sombra del avión sube y baja por las áridas lomas de las estribaciones de los Andes, un rato después desaparece totalmente la vegetación, la tierra se hace desierto de lomas erosionadas, cauces secos, quebradas donde de tanto en tanto aparece el tejado de una casa aislada. Por la tarde otro vuelo nos deja en Río Gallego.

El espacio, enorme y reiterativo, parece alargar el tiempo convirtiendo las inmensas distancias de este país en un universo cerrado sobre sí mismo, ajeno a la otra realidad, que era hasta entonces un mundo poblado de ciudades y accidentes geográficos. Los cerros, ocres y secos, sucediéndose unos a otros llenan el espacio de la jornada. Es una sensación que nace de sobrevolar los Andes en un avión ligero, atravesar la Patagonia de oeste a este, empalmar inmediatamente por la mañana esperando el alba en la terminal de autobuses para volver de madrugada a la carretera.

Ahora es un mediodia espléndido de sol rasante sobre las pocas matas de un paisaje desértico. Es como si de ayer a hoy hubieran transcurrido semanas. El autobús se dirige a El Calafate, junto al lago Argentino. Por la ventanilla, envueltos en la luz cálidad de una mañana de invierno, vemos pasar grupos de ñandúes; las rapaces posan en las empalizadas de las vallas, la vista se pierde en un mar de tierra plana de color tabaco claro. La sensación física de estar lejos de casa es cada vez más patente, ese continuo alejarse... Esa mañana encuentro  que el tiempo ha empezado a transcurrir demasiado deprisa, como si ese viaje que acabamos de comenzar fuera a finalizar excesivamente pronto, como si nosfuera a dejar a la vuelta de unos días en ese mundo del que despegamos hace un par de semanas. Pisar caminos, atravesar bosques, mirar desde el aire pasar despacio la tierra bajo los pies, leer, escribir, hablar con la gente del país, hacer fotos, transitar por las estaciones del año como si el año fuera un espacio y no un tiempo. En expectativa un sueño de juventud: caminar por los alrededores del Fitz Roy y Cerro Torre o tomar un barco en una fría mañana de invierno que nos llevará en unos días del invierno del sur a la primavera del norte.

Leía desde hacía un buen rato y en un alto he levantado la vista del libro y me ha encontrado con la aparición de los Andes, grandes y afilados picachos cubiertos de nieve; al fondo de una inmensa llanura dorada ya levemente por el sol de final de tarde se levantaba los farallones del Fitz Roy. ¿Por qué nos gusta una determinada música?, se preguntaba Guille días atrás en un correo. Seguramente porque nos emociona, se contestaba a sí mismo. Guillermo había escrito en su último correo sobre la relación arte-música, cine-música, trataba de encontrar el porqué debe valorarse el arte contemporáneo, buscaba defender la desvinculación entre éste y el texto. Ese proceso que se da en el arte contemporáneo en el que el contenido y la forma se separan, hasta dejar de existir el primero, quedando exclusivamente la forma como expresión genuina del hecho creativo. Y resalta la importancia del particular modo de ver de cada uno; tal vez no es la forma de hacer las películas lo que importa sino la forma como las vemos, disociadas del texto, del contenido, y valoradas según la emoción que transmiten. La forma, desnuda y simple, se convierte, según él, en el motor del arte y en la fuente esencial de la emoción.

El perfil de aquella montaña que poco a poco se aproximaba en el ocre herrumbroso de la tarde, pertenecía también al orbe de lo que provoca emoción, sus formas bellamente procaces retando el valor de los escaladores, y guardadora de mundos inhóspitos, coronando la cordillera de los Andes con un brochazo de espléndido atrevimiento, pertenecía al mundo de un arte profundamente perturbador. La forma desnuda era desde luego, por más que no hubiera sido fabricada por las manos de un artista, motivo de la emoción de aquella tarde; pero esa emoción se ahondaba con el contenido, su historia, el tránsito de las expediciones que habían escalado sus lisas paredes. La relación entre el arte y la naturaleza sería un tema que volvería una y otra vez a ocupar sus pensamientos a lo largo de todo el viaje.

Lago Argentino, una inmensa superficie marina sobre la que flotan los glaciares y las montañas nevadas; sutiles gamas de azules subiendo desde el agua hasta las cumbre. Bandadas de flamencos y cisnes sobrevuelan la orilla. El lago y las montañas, la cadena de los Andes cruzando el horizonte, crecen al final de una estepa interminable. El contraste es extraordinario, un desierto al final del cual se yergue un mundo de hielo y afiladas montañas. Una línea de dunas dejaban caer sus rubios rizos sobre la orilla. Los días eran cortos y luminosos.

Hoy pasamos todo el día con un profe de Arizona, Al se llama; vendió su casa y dejó el trabajo para viajar durante un año por América. Habitamos una especie de chalecito adosado, la calefacción es excelente. Era muy agradable caminar durante todo el día para terminar a la tarde leyendo o trabajando en un lugar tan acogedor.

Los medios públicos de transporte ya no llegan a esta parte del mundo, al día siguiente iríamos en taxi con Al a la zona del Fitz Roy, doscientos cincuenta kilómetros al norte. Saldríamoa a las cinco de la mañana y regresaríamos cerrada ya la noche.

No ha amanecido aún cuando comenzamos a trepar por un bosque desnudo y fantasmal. Aprovechamos hasta el final de la tarde para para recorrer uno de los parajes más espectáculares y bellos del mundo. Esa cadena montañosa hermosa, erguida, de un granito rosado rodeada de glaciares y nieves perpetuas, elevándose sobre la estepa desértica era algo de una grandiosidad poco común. El día estaba nublado cuando comenzamos a andar y así continuó más o menos durante toda la jornada; sin embargo la luz era de una calidad extraordinaria, todo estaba helado, arroyos, lagos, pantanales, duro como la piedra. Los bosques, los arbustos, unas plantas ralas de colores alegres que tapizaban gran parte del llano, el fondo de nubes, los verdes azulados de un glaciar se comen la provisión de diapositivas. Al final del día levantaron las nubes, se abrieron cuando subíamos por un inmenso valle en U. Y apareció la mole del Cerro Torre, los glaciares, todos los grandes acólitos del Fitz Roy. 

A la vuelta, después de cuatro horas de coche por caminos de tierra comienza a nevar, la carretera se hace peligrosa; caía una helada de mil demonios.

Dos días después nos desplazamos  hasta el glaciar Perito Moreno; la cola del glaciar se desploma continua y aparatosamente sobre el agua verdosa del lago. Masas de hielo de más de setenta metros de altura cayendo como una ciudad de enormes rascacielos que se desmoronase, es un espectáculo salvaje y grandioso. 

A continuación el tiempo empeora, el frío se hace más intenso. 

Ushuaia, un museo

En Ushuaia hace un frío que pela, los desplazamientos se hacen difíciles en las carreteras peligrosamente heladas. Las horas de luz quedan reducidas a su mínima expresión. No fue fácil encontrar un taxista que nos llevara al cercano parque nacional.

El arte como usufructuario de la Naturaleza, o bien, la Naturaleza como arte primero y esencial. El tema me surgió esta mañana a raíz del primer paseo por el bosque del lago Roca, un bosque de cuento a quince o veinte kilómetros de Ushuaia, el paseo se convirtió en algo así como ir de paseo por las salas de un museo: estaban todos los componentes que se encuentran en la pintura (incluso alguno propio de la música): el color, la textura, los matices, los contrastes, las armonías; cada rincón era un descubrimiento, un placer nuevo que yo sentía de la misma manera que siento cuando me paro frente a los cuadros que más me gustan, y no hago excepciones, podían estar representado el neorrealismo: el detalle de los líquenes, las barbas de viejo gris azuladas, los farolillos chinos colgados brillantes y luminosos de las ramas desnudas de las lengas (una especie de haya de hoja pequeña); el expresionismo: los rojos de la hoja pequeña de los ñires junto al verde peremne de los cohiues; el impresionismo bailaba en el bosque como dueño y señor de todo el entorno, las hojas diseminadas sobre el negro humus, sobre los restos de turba, las pinceladas de color llenando el espacio entero en un bosque inundado de una luz matizada de mañana tempranera; los bosques de Watteau, umbríos, jugando con el claroscuro de la vegetación —los personajes apenas una anécdota en una naturaleza lujuriosa y envolvente—; en fin, la suavidad verdeazulada del cielo y los paisajes teñidos de siena de los flamencos y del los pintores del Cinquencento; hasta los bermellones de las cuevas de Altamira tapizando cientos de líquenes, los restos caídos, yacentes del bosque... Habría que preguntarse qué parte ocupa esto, este mundo alucinante de la naturaleza, en eso que llamamos arte; o mejor qué parte ocupa el arte en eso que llamamos Naturaleza, naturaleza como entidad estética, como elemento de contemplación y recreo espiritual.

No sé si hay acuerdo sobre una definición de arte, pero es indudable que desde el punto de vista del espectador, éste no debe ser forzado a interpretar lo que ve en relación a la mano que lo ha creado, al soporte que emplea, a los medios técnicos que usa; el espectador ve y siente, después probablemente interpretará y analizará, pero como una tarea complementaria. La naturaleza, il riporto (no sabría hacer una traducción correcta) que se establece entre el sujeto que vive u observa, y aquello que es observado, es de una entidad tal de llegar a producir en el sujeto una tensión emocional desbordante cercana a uno de los placeres más vívidos.

Comparando arte y Naturaleza (Naturaleza con mayúscula) desde el punto de vista contemplativo, de la percepción de armonías, de los contrastes, de los matices, en puridad encontraría uno más similitud que la que puedan tener otras ramas del arte entre ellas mismas. La Naturaleza, reina y señora, parece diluirse algo más en el arte más actual, pero quizás haya que profundizar más para encontrar que combinaciones muy primarias de estructuras de la naturaleza (líquines, líneas, arbitrarias texturas de barro y arena, etc.) se hallan frecuentemente implícitas en el arte de las últimas décadas.

Puerto Natales (Chile)


Salimos de madrugada en un avión hasta Río Gallego, hicimos auto-stop, cogimos un autobús, llegamos a un paisaje enteramente nevado, se hizo de noche, bajamos en Río Turbio, demoramos una hora en la frontera y por último llegamos al otro lado, del Atlántico al Pácifico, el océano no se veía, pero ahí estaba más allá de la la niebla, en una noche londinense al fondo del Cono Sur.

Es difícil centrarse en un tema a este ritmo de vida trepidante que nos lleva de un lado para otro del hemisferio sur; apenas hemos empezado a elaborar uno cuando hay que tomar el avión o el barco y el asunto anterior queda obsoleto o desplazado. Hoy fue un día especialmente intenso. Hablamos por los codos con un camionero, tuvimos una pequeña aventura con un R12, hubimos de caminar muchos kilómetros por un desierto hermoso, hermoso hasta el deliquio, la inmensidad, el silencio, un ruido de motor en la inmensa lejanía cada dos horas, alguna rapaz, también alguna avestruz ...y la luz, la luz bañando un cielo de nubes azul ceniza... y el brillo húmedo de la carretera de tierra, una línea infinita trazada como un grito sobre la tierra vasta del sur patagónico.

El automóvil había derrapado en una curva y había dado la vuelta la vuelta sobre sí mismo hasta quedar patas arriba. Hubimos de salir a gatas por la ventana trasera. Contusiones, un corte en una oreja, un hilo de sangre en una mejilla, eso fue todo. Salía humo del motor. Corrimos un centenar de metros alejándonos del vehículo. Luego el humo se extinguió. Se detuvo un camión; entre todos pudimos poner el coche sobre sus ruedas; el coche arrancó. Las dos mujeres, madre e hija, optaron por retornar a Río Gallego. Nosotros optamos por caminar rumbo a las costas del Pacífico. Quedamos solos en mitad de este desierto, solos con las nubes azules, los amarillos de los yerbazales, las lomas perfiladas sobre el horizonte contra el camino brillante que parecía perderse en el infinito. Caminar en este desierto era una fiesta de luz y asombro. Pasaban los kilómetros, km. 3032, km. 3031, km. 3029, km. 3026, unos pequeños palos con números negros sobre fondo blanco que inducían a pensar en la inmensidad de las distancias; ¿cuánto tiempo tardaríamos en llegar al km. 0? Tres, cuatro autos, nadie para, pasan a una velocidad inverosímil sobre la carretera de macadán. Al fin nos sentamos al fondo de uno de esos llanos, comemos, leemos. El sol apenas levanta en estas latitudes del horizonte, es una luz siempre de tarde, siempre translúcida, fría. Los ruidos de los motores preceden en muchos kilómetros a los vehículos, termina por aparecer un colectivo de El Pingüino a lo lejos, para, lo tomamos, hace un calor húmedo excesivo en su interior, me adormilo; cuando me despierto el paisaje está cubierto de nieve, las lomas están cubiertas de nieve, los ríos corren lentos por el centro de un canal de hielo. Se hace noche en medio de este paisaje blanco azulado. La calles de Río Turbio están heladas. Otro autobús nos lleva hasta la frontera y de allí a Puerto Natales. Nos gustan sus calles, el ambiente de noche de este lugar, en el albergue nos encontramos con Al, el amigo que dejáramos junto a las cumbres del Fitz Roy. Escribimos durante hora y media a nuestros hijos; después charlamos con la dueña del albergue; xAl se había bebido cuatro litros de cerveza y animaba una tertulia familiar en la habitación de al lado.

Esa noche llegamos hambriento y nos metimos a cernar en un sitio muy cuco, sonaba Jordi Savall.


Entre el Estrecho de Magallanes y Puerto Montt


Dos días después embarcamos rumbo a Puerto Montt. Los alrededores tienen el aspecto salvaje de una tierra jamás surcada. Pienso en los primeros navegantes. A cuatrocientos, quinientos años de distancia, la historia de aquellos hombres parece digna de seres de otro planeta. Transitar por los cientos de canales llenos de hielo con rudimentarios conocimientos geográficos, un laberinto sin referencia a meses de distancia de la civilización, me parece hoy una gesta imposible. Paisaje columbrado de glaciares, montañas solitarias rodeadas de aguas oscuras. Siempre el gris de la niebla y las nubes o el viento salvaje. Lo poco agradecidos que somos a los esfuerzos de los pioneros que nos precedieron, casi siempre para el hombre de hoy una abstracción, porque el esfuerzo y la valentía de aquellos que impulsaron la civilización un poco más allá no son más que nombres en el trasfondo de la historia; es necesario constatar in situ la dimensión de las obras que hicieron para acercarse siquiera a su grandiosa dimensión.

Una sensación que se acrecienta más y más frente al paso lento del paisaje, de la soledad, del frío. Emoción pura y simple. Me encuentro fuertemente excitado por las sensaciones que vienen de la navegación, un carguero con sólo siete pasajeros a bordos. Dormí bien, acunado por el runrún de los motores. Desperté al amanecer cuando la luz turbia de la mañana apenas entraba por el ventanillo de la cabina. Levantarse, pasear por cubierta, asomarse al laberinto de los canales entre las montañas, descubrir un rayo de sol naranja filtrándose hasta posarse sobre las laderas nevadas. Día de reflexión y lectura. Me admira nuestra capacidad para hablar de la cultura, de los avances técnicos, de los descubrimientos geográficos como hechos dados, como nacidos así, por arte de magia, sin que sepamos reconocer a cada paso que damos en este mundo el esfuerzo de los hombres que nos precedieron. Uno se siente tentado a guardar reverenciado silencio de agradecimiento por el hermoso mundo en que vivimos.

Y continúan las montañas, tierra inhabitada e inhóspita, gélida. Las cumbres están ocupadas por densas masas de niebla, en alguna ensenada grandes hilachas alargadas cruzan el ancho de la costa, descienden sobre el agua espesa y plomiza de la mañana.

Me siento como investido por la presencia de lo extraordinario, el invierno, el frío, lo excepcional del lugar, la soledad; pero también sucede lo contrario una especie de encogimiento que proviene de la admiración de la fortaleza de esos otros hombres, y entre ellos hoy recuerdo a Julio Villar, el autor de ¡Eh, petrel!, que dio la vuelta al mundo en un embarcación de siete metros de eslora hace algunos años... me siento sombra atónita de ellos. De quien sea el mundo realmente -quien lo vive, lo recorre palmo a palmo, lo suda-... no hay duda, de aquellos que lo viven con intensidad —aventureros, alpinistas, navegantes, gente intrépida—; no hay duda. Uno siente la medida de su insignificancia cuando echa mano de la historia de la Humanidad o recorre la trayectoria de la gente que se puso el mundo por montera.

Si miro el paisaje recordando a Magallanes o a Julio Villar, no dejo de aparecer como un turista simplón que mira distraídamente desde la cabina los paisajes agrestes que pasan más allá cargados de hielo y soledad; si leo, sucede algo parecido, uno queda maltrecho ante sus limitaciones. Me sucede hoy leyendo a Ciorán, al que le surgen como flores en primavera los pensamiento y los matices, en esta ocasión una avalancha imparable de sonidos posibles, necesarios al pensamiento, que arrastrara consigo a otros en su caída o en su desarrollo; la exuberancia del pensamiento y la palabra. Y sin embargo, qué fuerza en tantas ocasiones, como esto que leí ayer, por ejemplo: “Tiene que haber alguien que rompa los silencios de la naturaleza y los entierre dentro de sí mismo”. ¿A dónde vamos? Pregunta retórica destinada a perderse en la noche de los tiempos, pero que siempre produce vértigo pensar, quizás porque amamos el peligro que tensa nuestros nervios o porque añoramos lo mejor y más genuino que puede darnos nuestro organismo. Decir dónde es buscar más allá de nuestra propia existencia diaria, reafirmar otras vocaciones, husmear otra existencia al otro lado de lo que impone la rutina y la seguridad cotidiana. Enterrar dentro de uno mismo tanto silencio como sea posible; que fermenten los silencios dentro del pecho, que susurren su misterio.

A la mañana del segundo día atracamos en Puerto Edén, una pequeña población perdida en el laberinto de los canales. Este barco es su única conexión con el mundo. Es grato este espacio limitado del barco, un rincón del salón comedor desde donde se ven pasar los canales, las islas, las montañas, la intemporalidad, la cadencia de los horarios regidos por las comidas, el paseo periódico a la cubierta para descubrir un trazo de luz o una perspectiva nueva, algunas formas agradables y exóticas del paisaje.

Puerto Edén ¿un lugar para vivir? Esa necesidad de profundizar en la complejidad de la vida. Descubrimientos sucesivos, quizás la búsqueda de la armonía con la naturaleza y con uno mismo. Nuestra forma de vida nos induce a considerar ajenos y extraños otros modos de hacer y vivir, pero el hecho de viajar induce sin embargo a la duda, el contacto con otras experiencias es un antídoto para salvarnos de la creencia de la exclusiva bondad del mundo que vivimos a diario. Las necesidades: ¿entidades autónomas impuestas por la biología, la psicología, la vida social, la economía? Navegando por estas tierras la palabra necesidad suena a grillete de preso, no poder prescindir de bienes, de medios, de comodidades, un atado como aquel que retiene al perro guardián frente a la casa de los amos. Algo que obliga, mediatiza la libertad y ralentiza nuestra capacidad de vivir en y de acuerdo con nuestra naturaleza.

Viajar es un modo de meditar; algo que recolecta los silencios de la naturaleza y los encierra dentro de nosotros mismos. El mundo de los canales que atravesamos se cierra como una masa pesada sobre nuestra ruta tras Puerto Edén; aparecen pequeñas islas cubiertas de arbustos diseminadas a los costados del buque.

Acabamos de atravesar la Angostura Inglesa, un estrechísimo canal sembrado de islas boscosas y solitarias. Hemos entrado en la intemporalidad permanente, el barco apenas se mueve, no hay olas, los alrededores se cubrieron de niebla y frío y sólo se siente un débil ronroneo bajo los pies. Es estar como en el limbo. Por lo demás es muy agradable, se come bien, se está caliente, leemos, salimos de tanto en tanto a hacer fotos; hoy menos porque los vientos sobrepasan los 50 kms/h. A veces llueve con gran intensidad.

Día luminoso de nieblas brillantes cruzando en hilachones sobre los perfiles azulados y serrados de las montañas. Diseminación de islas, cormoranes, toninas saltando junto al barco, día de sol de invierno. Todo después de una tarde y una noche de agitación en la que era difícil no salir despedido de la litera, una perfecta montaña rusa durante las diez o doce horas que el barco demoró en atravesar el Golfo de Penas. Después todo volvió a ser una balsa de aceite de nuevo, la calma retornó al lugar.

Llegaríamos a Puerto Montt hacia el mediodía.

Chiloé

Chiloé. Ancud, un lugar encantador con tejuelas de madera pintada cubriendo las fachadas de las viviendas. Un pequeño museo local, artesanías diversas, muestras poéticas que hablan sobre las labores femeninas, sobre el hombre y la mujer; un fabricante de maquetas de barcos chilotas con el que pegamos la hebra. Los líquenes, adheridos a las fachadas y a los rincones húmedos dan una hermosa pátina al conjunto. El programa inmediato era viajar a Castro, visitar los palafitos de pescadores y después dirigirnos al P.N. de Chiloé; colinas hasta los mil metros y largos y extensos bosques que terminan sobre las dunas de la costa. Ha llovido en Chile a mares en las últimas semanas.

En el autobús que nos dejaba en las cercanías del parque nacional, apalabramos para unos días con un hombre un cuarto para dormir (en el suelo), la comida y un sitio junto a la estufa de la cocina. Al final de la tarde el autobús se para frente a un puente levadizo de madera que cruza el lago Cucao; un land-rover nos lleva en manera muy violenta por caminos endemoniados, cruza dos río con las rueda cubiertas por el agua y después, siempre de noche, conduce a gran velocidad zigzagueando entre las dunas. Al pie de otro puente esperan varios caballos que cargarán los bultos de dos familias. La casa está a tres minutos, nos dice Hugo el huilliche que nos ofreció el hospedaje. Los caballos salen disparados a toda leche por medio de un lodazal, sólo se oye el estruendo del mar. A los diez minutos hemos perdidos su rastro, todo está oscuro, deambulamos por un cuarto de hora largo, retrocedemos, volvemos a tomar el camino... pero nada, el estruendo del mar a nuestro alrededor y nada más.

De perlas, esa noche empezamos a saber lo que es andar con el barro hasta la rodilla. El cachondo de Hugo, Hugo Naín, había desaparecido con toda su recua, incluida nuestra nueva compañía de hacia un rato, Mateo, un neoyorquino de 21 años. Al cabo de media hora, después de habernos chupado todo el barro del camino, vimos una linterna por algún lado de ese espacio negro. Hugo venía a buscarnos en su caballo. Llegamos a su “casa”, una choza no más, el puro suelo, una estufa de leña y un montón de sacos de patatas con fajos de cocheyuyos —esta gente vive de recoger esta alga marina que se cría en la zona más salvaje de la rompiente costera— son bravos nadadores. Tanto Hugo como su esposa fueron excelentes contertulios durante toda aquella velada que prolongamos hasta muy entrada la madrugada.

Empleamos el día siguiente en recorrer una buena parte del P.N., una inmensa selva, bella como ningún conglomerado vegetal que hayamos vistos hasta ahora; era un lugar increíble, un estrecho sendero atravesaba, primero junto al mar, después por el medio de la selva, este inmenso paraíso. Tuvimos en ella una aventura de palos y pistolas con unos aborígenes semiasalvajados que viven en la zona. Hay una gente muy primitiva en esta selva maravillosa. Querían hacernos pagar una considerable cantidad de dinero por atravesar sus tierras por un sendero muchas veces imposible de seguir. No se les ocurrió más que sacar unos largos cuchillos de cocina (toda la familia presidida por una señora gorda de aspecto terriblemente salvaje), y a mí en correspondencia decirles que iba a tener que sacar la pistola. De película. Primero se espantaron y se largaron discretamente cuesta abajo hacia sus casas, pero volvieron a aparecer minutos más tarde; ahora más armados y en mayor número que la vez anterior. Al final hubimos de abogar por fumar la pipa de la paz para que que la sangre no llegara al río.

Era todo muy exótico, una enorme humedad flotaba en la selva. Por la noche ya estábamos de vuelta. Terminábamos de cenar acompañados por una amigable charla, cuando a las diez de la noche, de repente, —discutíamos en aquel momento de teología con el personal del lugar junto al fuego (son fanáticos evangelistas)—golpean desde fuera la puerta y aparece un nutrido grupo de gente salida de la nada de la oscuridad más completa. Entran y se ponen a estrechar la mano y a repartir sonoros besos a todo el mundo, ¡Hola hermano, hermana! ¿Qué tal hermano?, así durante un buen rato. Siempre un poco alucinante, como de otra galaxia. No cabían en aquella choza-cabaña. Se metieron en un cuartucho adyacente y se pusieron a emitir exclamaciones y a cantar exaltada y compulsivamente. Mateo y nosotros mirábamos con los ojos de plato. A partir de este instante nadie nos hizo puñetero caso, todos estaba en pleno éxtasis evangélico; tuvimos que abandonar la cabaña para dejársela a aquellos aparecidos. Pusimos las tiendas doscientos metros más abajo, allí no había sitio para tanta gente, y de sobrar alguien estaba claro quien sobraba. Una noche de lluvias ininterrumpidas y ruido salvaje y tremendo del Pacífico que recordaba el Cantábrico asalvajado de algún invierno lejano. Al día siguiente rehicimos el trayecto primero del land-rover caminando por una playa preciosa de dunas a las que la soledad imprimía un no sé qué de asalvajada belleza. Dunas, un mar embravecido sobre un fondo de nubes azules, verdes brillante escalando la ladera, arrecifes oscuros al fondo norte de la playa; subiendo del mar una banda de espuma y agua suspensa como la neblina matinal de los campos del norte de España.

De regreso a Chonchi volvimos a encontrarnos con los hermanos australianos con los que seguimos viéndonos cada ciertos días sin que nos no lo propongamos, desde miles de kilómetros atrás, esta vez acompañados por un catalán, que hacía tiempo para encontrarse con otros y escalar en la Cordillera Blanca del Perú. Habían localizado un coche que los traía a Castro —no hay autobuses hoy— y nos hicieron un hueco en la caja, único lugar disponible en aquel momento. It’s fany, les decía yo a los hermanos australianos que iban a cubierto; pero diez minutos después empezó a diluviar, y cinco más tarde el coche paró, había un norteamericano haciendo auto-stop; era nuestro amigo Mateo, el neoyorquino. Llovió a mares todo el camino; se hizo de noche, y el coche iba a toda hostia... muy emocionante. Llegamos como un trapo escurriendo agua hasta por los sobacos. Una hora después estábamos en una cabaña, esta ya en condiciones, con la calefacción a tope, en cueros, secando ropa, dinero, pasaporte, el equipaje entero.




P.N. de Puyehué y volcán Lanín

Parque nacional de Puyehué

Días después estábamos en Entre Lagos bajo el volcán de Peyehué. Nos ha traído una tartana para veintidós viajeros en donde viajábamos no menos de tres mil. Victoria hizo el viaje sepultada entre cajas y sacos de harina.

P.N. de Puyehué. Todo el parque para nosotros solos. El tiempo está cubierto, caminamos durante cuatro horas por senderos encharcados, pequeños travesaños de madera salvan las zonas pantanosas. Llegamos a la laguna Bertín. Un bosque solitario y cubierto de niebla es siempre un lugar encantado. De vuelta vemos asomarse el volcán de Puyehué entre las nubes.

Cuando llegamos a la habitación las sanguijuelas han hecho presa en los bajos de nuestros pantalones y en las piernas. Nuestras ropas parecen trapos recién sacados del agua.

El placer de demorar la tarde sobre la cama, las piernas tirantes, tensas por el esfuerzo, el cuerpo tirado sobre la colcha, el libro en las manos; sestear, despertar, tomar mate, unos kiwis, algunas frutas más. Volteo las botas y la ropa húmeda sobre la calefacción a gas. El lento correr del tiempo en esta tarde chilena sobre una cama de metro y medio. Hoy no atiné a escribir a casa, leía un libro que descubro página a página, esas que de vez en cuando caen en las manos sin que uno haya hecho mucho por buscar, así, como una pequeña lotería que le cabe a uno en suerte. Leo a Skarmeta, me gusta, saboreo la mesura de las palabras, el gusto equilibrado de las cosas que no se desbocan, que se mantienen en un raro equilibrio. Sensación de suspensión de tiempo, pero sin referencias cercanas, una tarde como aquella otra de, etc. Es una tarde que vino así, de la gratuidad del momento, de dejar al cuerpo vagar por sí mismo o por aquello que está al alcance de la mano. Debí sestear no menos de una hora, desperté con el cuerpo flojo y deliciosamente sensual. Ahora ella completa la tarde, me quitó los calcetines de lana, con la lengua encontró unas cositas negras entre los dedos más chiquitos de los pies y en seguida la temperatura se fue elevando. La cama es como una plaza de toros dispuesta para la fiesta.

A la mañana siguiente abandonamos Chile en mitad del aguacero camino de Argentina. Este transito al otro lado de la cordillera para volver días después de nuevo hacia el Pacífico no tiene otra razón que la de vagar algunas horas por las cercanías de uno de los volcanes más bellos de la zona: el Lanín.


Volcán Lanín

Todo aquello que alguna vez había imaginado de un viaje por América se escucha aquí como en aquel sueño. Dormimos en San Martín de los Andes. La policía vino muy amable a darnos las buenas noches allá en la playa y nos deseó buen sueño. Desde Junín de los Andes subimos andando la carretera con la incertidumbre de lo que nos esperaría en los siguientes ciento cincuenta kilómetros. No hay medios públicos de transporte. Tierras de desolación, montañas, alguna comunidad mapuche, una estancia y dos puestos fronterizos. Quedar plantados en mitad del valle después de un trayecto en auto-stop, presentaba la misma situación que semanas atrás en Patagonia. Un paisaje agreste que se perdía allá entre las montañas y la niebla al límite de las nieves.

Hasta allí nos llevó en la caja, primero una furgoneta y después un hombre joven, ingeniero agrónomo, que trabajaba con las comunidades aborígenes de la zona. En un mojón de la carretera aparecía: kilómetro 20; supusimos que era lo que nos separaba del collado por donde pasaba la frontera argentina, justo bajo el volcán Lanín, casi cuatro mil metros irguiéndose desde los esplendorosos bosques de araucarias. Llegamos anochecido, en el puesto fronterizo se les había ido la luz (una casucha de madera), alumbramos al gendarme con la linterna sobre las teclas de una Olivetti de los años de María Castaña, mientras tomaba nota de nuestros datos.

Acampamos unos metros más allá. Hacía un frío del carajo, no había más comida que echarse a la boca que un panecillo, algo de puré y otro tanto de consomé; engullimos el panecillo y después a lametazos terminamos con las escamas de puré y los polvos de la sopa. A continuación chupamos de la pipa un mate frío. El gendarme, muy gentil, se acercó a darnos las buenas noches. De madrugada el frío arreció hasta dejar todo congelado; hubo que echarse encima toda la ropa que teníamos, el suelo estaba empapado como una esponja. Cada vez que cambiaba de postura era el capítulo de un sueño relacionado con el colegio: su contenido una comida de trabajo que no se acababa nunca porque no había cocineros voluntarios que quisieran pringarse con un montón de alitas de pollo que había que freír.

A las ocho suena el despertador, hay una débil claridad en el cielo, está estrellado. Cuando a las nueve abrimos la tienda, la cumbre del Lanín aparece como una alucinación entre las ramas de los árboles justo encima de nosotros. Todavía suave, malva, enorme, esbelta, contra el cielo apagado del final de la noche. Y poco a poco se va desbrozando la noche y se aclara la ladera apuntada del volcán, se va llenando magníficamente de luz, luz de alba, luz de gala, luz fría, luz cálida; poco a poco se incendia la montaña y la nieve y los glaciares se van pintando de naranja.

Miramos con absoluta indiferencia el autocar estacionado junto a la casucha de los aduaneros. Vamos a hacer todo el camino de descenso a pie; es un paisaje extraordinariamente magnífico que merece una larga caminata. En esta carretera durante el día previo y el posterior sólo atravesarían la zona este autocar y dos turismo. Nos abrigamos con todo lo disponible, guantes, gorros, cargamos los macutos y pasamos mirando a los pasajeros, calientes y atónitos, contemplándonos mientras atravesamos bajo la ventanilla del autocar. Tiramos por un camino de tierra negra rodeado de araucarias. Por encima se erguía una vez más, magnífico, el volcán. Nos esperaban otros veinte kilómetros más hasta el puesto fronterizo chileno, siempre un paisaje bello de alta montaña por delante.

Temuco - Valparaíso


Temuco

Mañana gris con una pizca de sol despuntando desde algún lugar. Hace frío, el ambiente en la habitación es húmedo y algo inhóspito.

En tren. Temuco-Santiago de Chile

Viajamos en un tren de novela, un Oriente-express enmoquetado y cubierto de cortinajes; del techo cuelgan globos de cristal similares a los que debían de iluminar los habitáculos de la burguesía decimonónica. El tono cálido de la tapicería, tabaco oscuro, doble ventana, apenas un ventanuco de una casa de madera abierta con precaución a la luz de la naturaleza. El espacio interior es suficientemente acogedor como para olvidarse del paisaje que transcurre en la oscuridad de una tarde de otoño. El personal del tren recorre en riguroso vestuario oficial los pasillos del vagón; el largo levitón de azul marino y su gorro de intendencia están hechos también para una novela de Grahan Green; aquí pueden fraguarse los crímenes de Aghata Christie. Los globos de cristal desprenden una luz tan íntima como inútil.

Los cortinajes armonizan con los barnices, con los cromados, con las filigranas decorativas; dan vida de época a este vagón de madera al que falta poco para fenecer ante la competencia imparable de los buses de larga distancia. El personal de vagón exhibe la cortesía de década periclitadas.

Es cómodo y confortable viajar así, al ritmo tan familiar de chacachá chacachá de las grandes distancias; ahora viajar de señoritos, de puñeteros burgueses que decía mi hijo en su último e-meil; de tren transiberiano que algún día tomaremos para quitarnos de encima de una vez el proyecto que nació en un espacio entre los treinta y los cuarenta sin apenas darnos cuenta de que el deseo era ya irrevocable. El tren, esta deliciosa y obsoleta antigualla que con su renquear y despistado caminar traquetea hoy por un mundo que ya no es el suyo.


Santiago de Chile y Valparaíso

Mañana temprana en Santiago de Chile, cielo nublado; desde el balcón del hotel un puñado de tejados sobre los que se alza un picacho con una capa de nieve reciente. Después de la noche de tren meciéndonos tras el biombo acortinado de un compartimento común, atravesamos mientras amanece las calles solitarias y dormidas de la ciudad; Santiago despierta apenas de una grisura húmeda. A media mañana nos marchamos a Valparaíso, casas de madera, color, cerros, barrios humildes, ascensores para acceder a distintos planos de la ciudad. Regresamos a la noche al hotel.

La habitación se abre a la calle por un balcón con balaustrada; aunque no nos ponemos de acuerdo, que para ella es baranda y para mi no; que sin un diccionario a mano es difícil saber si se trata de una cosa u otra, o acaso sea una barandilla, que también podría ser. Balaustrada en todo caso de madera movediza. Y nunca mejor dicho. Salí muy ilusionado al balcón y date, me apoyo en la baranda y casi tuve la sensación de que me iba abajo desde un respetable tercer piso. Menos mal que, viendo el estado del hospedaje, mi compañera de viaje dio un grito fenomenal en el preciso momento en que aquello empezó a oscilar sobre el vacío: ¡Alberto!, amor be careful, no te desnuques, la baranda está pocha, te puedes romper la crisma. Palabra que aquello se balanceaba como si se fuera a precipitar en ese instante fachada abajo. Habría sido ridículo encontrarse un titular en los periódicos de esta calaña: “turista confiado y boludo la palmó precipitándose desde un tercer piso después de haber intentado apoyarse en baranda de madera de habitación hotel barato”.

Las calles vacías del domingo por la mañana se convirtieron por la tarde en un batiburrillo de gente animada, un magnífico enjambre de color y bullicio en donde uno adivina que en el fondo ama las ciudades y el follón más lo que se piensa.

Hacia Atacama

Santiago de Chile


Nos dirigimos definitivamente al norte después de desistir de nuestra visita a Mendoza que se presenta como un viaje incierto debido a la cantidad de nieve que ha caído estos días. Desde casa llegan largas y alentadoras cartas.

Mientras tanto echamos una mirada al mundo en los cuadros de Nemesio Antúnez, de Carmen Silva y de Roberto Matta, entre otros. Alertan estos cuadros, igual que la lectura de Cioran, sobre la diversidad de la mirada dirigida al mundo; encerrado relativamente en los parámetros de mi persona miro al exterior y lo visto lo ubico (ese verbo tan utilizado en Argentina y Chile) en un espacio estrecho, con poco aire para volar; como pajarillo enjaulado miro la cosa tras los barrotes de alambre. Y sin embargo la vida parece pasar como un torrente majestuoso a veces, aunque impenetrable.

Hoy se asoman las curvas de un tango en la noche; la ruta hacia el norte de unos faros que se adentran en el espacio infinito e intemporal del desierto de Atacama, esa ruta 40, pista de ripio que baja acompañando la cordillera hasta perderse en el océano por el medio de una estepa cuya principal característica es la soledad y el destierro. Los cuadros de la mañana respiraban la densidad de la selva como una realidad subyacente bajo el espíritu de la ciudad, una selva punteada e infantil, una cordillera retorcida abocada al caos, impenetrable; y uno ve ese trozo de cordillera y la cordillera es como el fondo del mar, como las puertas del pensamiento donde debe de asentarse todavía todo aquello por donde cabe transitar pero que únicamente será atravesado y vivido en la medida ínfima y aproximativa en que se penetran las realidades, todas las realidades. De la selva veremos apenas ese angosto sendero que costela el itinerario hacia algún acantilado, la exuberancia de los colores se verán como un reflejo de la propia selva, las aguas terrosas y sucias que discurren junto a la senda se pierden unos pocos metros más allá; quedan el barroco abigarramiento y la intensidad perturbadora de los verdes formando farolillos, explotando como guedejas colgadas de las ramas, tapizando troncos y arbustos hasta dejarlos muertos, ahogados por la apretada ligadura de líquenes y musgos. Y es mucho, pero casi nada con la inmensidad que nace unos metros más allá. Exuberancia. Visitar los cuadros de esta mañana es como levantar acta de la existencia de esos metros más allá de la estrecha senda de la selva de Chiloé, también de ese paisaje humano que pasamos rozando cada vez que salimos a la calle para tropezarnos con la ciudad y con el enjambre del mundo a nuestro alrededor, miles de personas, cada una con su pequeña e impenetrable selva a cuestas.

Sentimiento de confraternidad, acercamiento al otro; el otro existe y existe oscuro y salvajemente vivo, apaciblemente muerto con un mensaje indescifrable dentro, que yo tengo que resolver como medida de mí mismo, como signo de estar vivo, yo viendo al otro que crece como la selva frente a mi paso de viajero. Todo esto se llamaba Nemesio Antúnez.

Después salimos a la luz de la calle y dimos con un local chiquito para comer, jugo de fruta, merluza, leche asada, café. En la librería de al lado encontré el viaje del Beagle, de Charles Darwin, por la costa chilena; no pude resistir la tentación de comprarlo; le agregué un tomo de Gabriela Mistral. Ojeé también algo de Pablo Neruda, que tendré que volver a releer, pero el Canto General estaba agotado; como no encontrar naranjas en Valencia...







Desierto de Atacama


Amanece bajo un cielo pesado y uniforme, sin sol; la emoción del desierto, unos guijarros en un talud de la carretera formando nombres que hacen que me acuerde de Guillermo y Mario en pasados veranos recorriendo las Dolomitas. La textura de la tierra y de las lomas rocosas barridas por la arena, recuerdan los alrededores de Las tres cimas de Lavaredo. Pasa el fondo de un valle punteado de promontorios; las nubes juegan a ratar el esplendor del sol sobre las dunas.

Pensaba en mis hijos mientras desfilaba un paisaje sin fin; y ello se suma como una punzada de gozo al sentimiento de lo infinito del desierto. Las cosas que pasan sin que nos apercibamos; la experiencia de las circunstancias en que vivimos en el momento en que se produce son ligeras, de una liviandad aparente, sólo se muestra valiosa cuando transcurren los años y tenemos a las personas lo suficientemente lejos como para verles en perspectiva. Llueve, llueve en Atacama; las lomas se enredan en la niebla; después es como el mar, más tarde una faja de luz ilumina por el norte las siluetas de nuevas montañas. Entonces sentimos con la fuerza de la distancia y con la intensidad de los sentimientos dormidos que se desperezan en la voluptuosidad de cualquier mañana. Y ahora el sol atraviesa las nubes y se hace la luz y el desierto se viste de desierto y mis pensamientos vuelven al recuerdo amable de mis hijos. Más tarde el desierto se hace de piedra, una superficie lunar de guijarros iluminados por el sol rasante. Una horrible copia de El Rey Arturo acompaña este despertar camino de Antofagasta.


Imágenes: 1. Nemesio Antúnez: Siete volcanes. 2. Carmen Silva: Carne trémula. 3. Grupo familiar bañando


San Pedro de Atacama

San Pedro de Atacama

Demasiadas cosas para reunir en unas pocas líneas: cantar el desierto, el Valle de la Luna, los Andes levantándose constelados de altos volcanes nevados, siempre más allá de los 5500 metros, el horizonte, las vicuñas sedosas y señoriales sobre el fondo de las montañas, las llamas, los géiseres, las fumarolas en un lejano valle donde amanecimos.

Aquella mañana había que ver los géiseres en acción y emprendimos el camino en un todoterreno a las tres de la mañana. A las siete llegamos a uno de los lugares más extraordinarios que guarda el mundo, cada metro cuadrado era una tentación para mi cámara. Es una experiencia profundamente hermosa esta de vivir la naturaleza “cuando la aurora de rosados dedos” se alza sobre el desierto y los volcanes; borrachera de enamorado, de pasmo, de incredulidad por lo que uno descubre bajo los pies. Arriba se alzaban grandes picachos coronados de nieve, pero con los pies hundidos en la arena de la desolación. Junto al agua hirviendo de los géiseres, formando un mundo fantástico de luces y sombras, se desplegaba un mundo vegetal de colores y formas extraordinarios. Fue una borrachera fotográfica.

A la tarde se hace difícil hablar de todo esto; las impresiones están demasiado cerca, hay un dulce cansancio en nosotros, el sol, la arena en la cara, el sueño (hoy apenas pudimos dormir, alguna perra en celo y toda su cohorte merodearon ladrando toda la noche por los alrededores de la tienda). Es excesivo andar colocando epítetos uno detrás de otro para relatar las experiencias de estos últimos días.

Nada de calor en el desierto, un frío del carajo. Esta madrugada a las siete de la mañana el termómetro marcaba quince grados bajo cero; estábamos a 4500 metros. Ayer se helaron las cañerías de las instalaciones del camping. Indumentaria para el desierto a la matina presto: dos jerseys, chubasquero, dos pares de calcetines, y guantes y gorro de lana: y aún así la nariz y los pies se te quedaban como témpanos

De nuestros compañeros de viaje más anécdotas: hemos vuelto a encontrarnos en las calle de pueblo con la pareja de Hong-Kong que vimos por primera vez en Patagonia hace un mes. Tratamos con un austriaco y con un israelita, y a última hora con una pareja del País Vasco. A Ricardo y Yolanda les "da pena" un viajero francés que "está en el camping ¡con el frío que hace por la noche!, y que bebe agua de la llave y se va andando cuatro horas para ver el salar a pesar de estar delgadísimo". Estos vascos parecían venir de otro planeta. El israelita viaja solo desde hace diez meses; aterrizó sin saber una palabra de castellano y ahora habla y se entiende con todo el mundo de una manera envidiable; cuando se me acabe el dinero, dice —Eres se llama—, me voy a California. Allí trabajará y ahorrará para comprarse una moto y seguir viajando por tiempo indefinido. Ayer encontramos una pareja de israelitas que hacen América en moto, hijo y padre, respectivamente, cada uno viaja en una máquina diferente. Muy bonito, decía Eres.


Arica

El autobús se dirige ahora a Arica. Amanezco con la sensación de bonanza de los días privilegiados de viaje. El desierto se extiende ilimitado a ambos lados de la carretera, una calina suave ocupa el paisaje, suena un fondo de música andina. El bienestar de esta mañana se asoma al final de una placentera noche de viaje acurrucado en un asiento de esos que llaman semicama.

Despertando mecido, perezoso, con el cuerpo como salido de una sesión de baños termales, navegando todavía entre el sueño y esa claridad opaca que empieza a vestir el día, uno se pregunta si consistirá en esto la felicidad (ese concepto tan anatemizado por los espíritus fuertes, tan burgués). Me siento reconciliado con el mundo, cuando amanece me siento como poseído de algunas de las claves de vida; la mirada vaga sobre las extensiones de arena acariciándola; la mañana, que no es especialmente hermosa, ofrece la posibilidad de quedarse sentado frente a ella a contemplarla distraídamente desde el fluir lento de los pensamientos y la bonanza corporal como si la hora fuera pura ganga, puro oasis, puro crepúsculo de campo apacible y laureado.

En Arica sigue un día de relajación y lectura frente a la catedral que diseñó Eiffel. He comenzado el Viaje del Beagle de Darwin; le comentaba a Victoria, con el libro en las manos, si no tiene la impresión a veces de que cada libro que uno coge es un mundo por el que uno comienzo un largo camino... Este por ejemplo de los viajeros del siglo pasado, de los naturalistas que recorrieron la tierra; recuerdo a Humboldt. Entrar en el viaje de Darwin es el principio de una emoción más, sobre todo después de haber recorrido parte de esas tierras por las él viajó.

El señorío del Parinacota


Putre, 3800 metros, tumbado a la sombra del volcán ¿Toapaca?, una enorme montaña nevada con una nube blanquísima encima a modo de sombrero; Los Nevados de Putre, les llaman.

Algunas ideas que a veces hemos discutido y que aparecen ahora en Darwin a su paso por Tierra del Fuego. Los yamanas son capaces de repetir párrafos en inglés con bastante perfección. Darwin se pregunta sobre la imposibilidad de que un europeo repita más de tres palabras en un idioma totalmente desconocido. Estos aborígenes ejercitan otras funciones que nosotros no usamos, o desarrollamos menos. Otro tema del que hablamos estos días desde San Pedro de Atacama; aquello de que los atacameños no necesiten electricidad, aquí en Putre no usan calefacción (3500 m.!), sólo los afuerinos la utilizan. Igual que decían de la electricidad en San Pedro; Darwin narra como los fueguinos van totalmente desnudos lloviendo, con tormenta, etc., cuenta de una mujer que da de mamar a su baby, ambos desnudos, mientras está nevando; habla de esta misma población como de seres estancados, son recogedores de moluscos, apenas necesitan ningún tipo de técnica, su mejor creación es la canoa y dice que en los 250 últimos años no había experimentando en absoluto ningún cambio esta técnica. No es solamente la distinta adaptación al medio lo que admira de estos ejemplos, sugieren reflexiones más complejas. Las diferencias culturales de los pueblos deben contener en sí componentes que hacen ociosas las comparaciones, los parámetros de referencia son tan distintos que resulta arduo analizar con los criterios de nuestra cultura occidental y capitalista otras culturas diferentes.

Tropezamos frecuentemente con la incredulidad y la incomprensión; no entendemos; pero no entendemos porque nuestra mirada está “contaminada” por nuestra cultura y sus hábitos, y porque entender no es un entender aséptico y objetivo, en cierta manera parte de una verdad asumida como verdad universal. El conductor del otro día decía que el atacameño no necesita... un no necesitar desde luego no tiene nada que ver con la austeridad asumida. Este hombre comentaba que la electricidad llevaría al frigorífico y del frigorífico a la televisión, y así sucesivamente, y nos parecía que no había aspiración ninguna a un status diferente. Sus vidas, como tales, parecían gustarles así: cuando se hace de noche se acuestan, cuando el sol se alzan ellos también. Nos recordaba las prédicas de alguna comunidad religiosa. Quizás haya algo de ello: conformidad, satisfacción con las necesidades elementales. En general se trata de gentes religiosas. La cultura, la religión, el medio en que viven pueden actuar conjuntamente en la creación de estos perfiles humanos. Dice Darwin: “La naturaleza, haciendo omnipotente la costumbre, y hereditarios sus efectos, ha habituado al fueguino al clima y a las producciones de su miserable país”. Pero cuando la naturaleza entra en contacto con la cultura, como en los casos que hemos visto, ¿qué parte pertenece a la creencia en un sistema de vida?, ¿qué parte pertenece a la religión? ¿qué a la falta de motivación, a la indiferencia?

Desde Arica la carretera sube por valles desolados hasta Putre, en las cercanías del P.N . Lauca, 3800 m. Hay que respirar muy despacio, los pulmones escuecen. Hay un campamento militar aquí; nos dicen que cuando les hacen formar nada más llegar siempre hay gente que se desploma. Vamos a sufrir las consecuencias de la altura durante algunos días; podremos caminar sólo muy despacio (transportamos dos macutos cada uno) y tomándonos largos descansos cada hora. Son los efectos de un ascenso excesivamente rápido desde el nivel del mar. Todos los turistas que pasan por estas regiones lo hacen de la mano de tours organizados; nosotros decidimos hacer la guerra por nuestra cuenta; nos miran un poco atónitos cuando decimos que queremos dormir junto al volcán; allí hace un frío terrible, nos dicen.

Subimos en auto-stop un rato desde Putre y después un colectivo (una especie de taxi para varias personas) nos dejó en Parinacota, un pequeño pueblito enjalbegado y brillante de una comunidad aymará. Tiene una iglesia muy linda. Desde allí caminamos todo el día; la tarde la pasamos en las lagunas de Cotacotani, otro lugar increíble vigilado de cerca por los dos enormes volcanes de la zona; las lagunas son una gozada de colores cálidos, están llena de flamencos, guayatas y una gran diversidad de aves diferentes. Es un hermoso paraje, montones de lagunas diseminadas y separadas por pequeños montículos, siempre el reflejo de los volcanes sobre las aguas intensamente azules.

Con el paseo se nos hizo tarde, cuando intentamos clavar las piquetas de la tienda sobre una aparente superficie blanda nos encontramos que nanay, debajo hay una permanente capa de hielo, las piquetas no entraban en ningún lado más allá de dos centímetros. Irse el sol y empezar a bajar la temperatura de manera alarmante fue todo uno.

Fue una noche heladora, el agua de la botella se congeló completamente; lo mismo sucedió con la caja de leche y con el líquido de las lentillas; tanto en el interior de la tienda como el exterior se formó una pequeña película de hielo. Frío del carajo, de no dejarnos dormir; y peor, porque se respiraba deficientemente, en cuanto te mueves para darte la vuelta en el saco viene un ahogo de necesitar algunos segundos de respiración profunda para reponerte. Teníamos puesta toda la ropa encima, pero aún así la noche se hizo interminable entre las seis y media que se hizo de noche y las ocho de la mañana.

No digo nada del volcán porque de tanto tenerlo ahí encima majestuoso y señorial, presidiéndolo todo, uno se olvida de mencionarlo, padre y señor de todo. Es impresionante la presencia de estas moles heladas en mitad de la estepa, sobresaliendo siempre por encima de lo divino y humano.

Caminar un par de horas, hacer auto-stop, pillar un autobús boliviano en el control fronterizo, sentarnos en el autobús con el flato hasta el cuello (el autobús se iba, las gestiones, las prisas, la altitud, nos pusieron el corazón a cien), llorarle a Victoria los ojos por las lentillas y, enseguida el remedio para todo en estas latitudes: masticar coca. Nos colocan dos puñados de coca en las manos, se caen algunas hojas al suelo ¡cuidado, la coca no se bota al suelo!, advierte alguien. La coca adormece la boca, la refresca, después nos dan una china de ceniza que ayuda, con la saliva, a dar forma compacta a la bola de coca.

El bus atraviesa el P.N. de Sajama, el volcán de Sajama es ahora el dios de lugar; los glaciares penden de sus laderas dando forma a una de las más bellas montañas que uno pueda imaginar. Doscientos kilómetros después de dejarlo todavía asomaba su punta por encima de la estepa y de las montañas. Es el monte más alto de Bolivia, cerca de los siete mil metros. Se trata de un paisaje cambiante, lleno de ocres y amarillos espléndidos (el color de la paja brava, una hierba que tapiza desde el desierto de Atacama casi todo el altiplano andino). Cárcavas, pueblos de adobe oscuro, rebaños de llamas, la gente de tez mucho más oscura, el tocado de las mujeres, ese gorrito pequeño tan gracioso sobre un lado de la cabeza, sus enormes fardos sobre la espalda... vemos por la ventanilla cómo una mujer con el niño en el fardo trabaja en una obra cargando de arena una carretilla. Estamos en otro mundo, al menos esa es la primera impresión. Nos atrae Bolivia, lo sentimos como un nuevo paraíso a recorrer.

La Paz, Tianahuacu, los Yungas





Ocho de la mañana, un patio sevillano a donde se asoman todas las habitaciones del hotel; paredes color salmón tipo Thyssen y una luz matinal filtrándose cálida y prometedora por los altos vitrales del tercer piso, grandes ventanales asomándose a las laderas de La Paz; una curiosa ciudad en el fondo de un inmenso hoyo rodeado de montañas que deben de llegar más allá de los 6000 metros. Illimani, se llaman las más bellas.
Todavía respiramos mal, la ciudad está cerca de los 4000 metros y desde que hemos llegado tenemos alguna dificultad cuando hacemos esfuerzos o nos movemos cargados con los macutos.


La gente de color, aymará y quechuas, son gente extremadamente adusta, poco amigable. Me pilla de sorpresa esta extrema sequedad ¿propia de la raza? ¿propia de su situación social y económica? Estamos acostumbrados a la sonrisa, medimos a las gentes por el grado de simpatía que muestra. Pero ésta no es una antipatía tan zahiriente como la que pueda mostrar un alemán, por ejemplo; la del alemán, cuando se da, la vemos generalmente cargada de prepotencia, la de esta gente de color parece indiferencia, su negación está cargada de distancia activa. Veo familias enteras ventilando el almuerzo en los chiringuitos, la guagua duerme en un rincón junto a frituras entre montones de mercancías, las calles son a la noche un tremendo revoltijo de sacos y mercancías de todo tipo, los olores son fuertes y penetrantes, a veces vienen bufaradas de orín, fruta descompuesta, la calle es un pudridero; en la semioscuridad hay hombres y mujeres que esperan vender todavía parte de aquel montón variopinto que les rodea.
Me asalta la duda cuando tengo la cámara entre las manos. No, no puede uno acercarse a los puestos con la frívola curiosidad de un viajero que quiere hacer una fotografía. Siento que podría escribir desde la no frivolidad si fuera capaz de mirar a mi alrededor con adustez, adoptando un punto de vista más penetrante de la realidad, menos hueco (turista con cámara olfateando por los puestos del mercado). La fuerza de la penetración de las cosas está en relación directa al esfuerzo que hacemos para comprenderlas y empatizar con ellas; y no es una mirada superficial, ni un entretenimiento somero de juntapalabras lo que nos da fuerza para enfrentarnos seriamente a la tiesura de esta gente. El pulso que echa a mi frivolidad este bullicio de calle es poco convincente, mi status económico y social... parece disponerme en la fácil tendencia a considerar la calle como dispuesta a saciar mis curiosidades. Y la calle no tiene muchos motivos para ser complaciente.



Visita a Tianahuacu

Había fiesta en el pueblo: mercado, baile, gentío y muchos colores. Durante el tiempo que he estado en la plaza del pueblo mi ánimo ha pasado, de una animada curiosidad por los bailes, su significado, los trajes y por todo lo que veía y oía, a una sensación de hastío, rechazo y revulsión según la cantidad de alcohol ingerida por toda esta folclórica población ha ido deformando sus rostros hasta convertirlos en beodos y patéticos danzantes girando y girando en la plaza hasta quedar abatidos sobre el suelo. Las quenas y los tambores repetían un par de compases una y otra vez, los bailarines se movían como muñecos de un tiovivo durante horas. Del gentío se desprendía un olor acre a humanidad sudada, a cerveza rancia. La destemplanza de aquella gente y su música sonando interminablemente durante medio día en una danza circular siempre igual, la suciedad, terminó por alejarnos del lugar.
Mi actividad fotográfica fue tarea desagradable, hecha a escondidas; gente excesivamente desabrida con la que ni siquiera era posible negociar un precio para unas tomas corrientes. Como había fiesta aproveché la atención de la gente en la música para disparar sobre caras de ancianas y niños, pero los resultados fueron mediocres; buscaba a los niños pequeños sobresaliendo del fardo a la espalda de la madre, a las ancianas de tez aceitunada y cobriza, su expresión adusta. Me excitaba esta caza furtiva, esa cosa que debe de tener el cazador por dentro cuando se mimetiza con el ambiente para pasar desapercibido y así sorprender a la víctima sin que esta se aperciba.
En la ciudad antigua apreciamos con interés los antiguos sistemas de regadío (los sukakoyus), algo parecido a los sistemas de bancales que utilizábamos entonces en nuestro huerto familiar.




Es el tercer día de permanencia en La Paz. Nuestra respiración sigue siendo dificultosa, la altura nos afecta enseguida cuando caminamos deprisa o subimos una cuesta, es un jadeo continuo. El proyecto inmediato es un recorrido de varios días que pasa por uno de los collados del Illimani, a 4800 metros de altitud, y desciende después durante dos jornadas hasta las zonas bajas de los Yungas, desde la nieve y los hielos pasando por todas las diversidades de la vegetación hasta entrar en plena selva. En los Yungas se produce la mayor parte de la coca que exporta este país. Mientras tanto visita al hospital para vacunarnos, prevención que se une a las pastillas que tomamos contra la malaria desde hace dos semanas. No somos excesivamente meticulosos con estas cosas, pero la visión de muchas partes de la ciudad, que presumiblemente debería ser lo más sano del país, nos inducen a tomar la cosa con seriedad. En la ciudad hay rincones realmente inmundos. Estamos a gusto pero hemos encontrado una gente excesivamente distante, el comportamiento de los indios raya a veces en la grosería. Llevan su primitivismo marcado en el rostro y en su actos. El indio parece vivir encerrado en sí mismo, la india diría mejor, que son las que pueblan todas las calles de la ciudad con sus chiringuitos de venta de todo tipo de mercancías. Si pides permiso a una de estas indias para tomar una foto a ella o a su guagua ya puedes estar preparado a recibir un ladrido o algo peor. Son gentes extremadamente pobres por otra parte.






Los Yungas


Para nuestra proyectada salida fue necesario alquilar un taxi que, por pistas empinadas y en mal estado, a duras penas pudo alcanzar el principio del valle por el que debíamos ascender. Aquel día hicimos los mil doscientos metros de desnivel que nos separaban del punto más alto de nuestra excursión, un amplio collado en las estribaciones del Illimani donde pudimos pisar la nieve. En los dos días posteriores descenderíamos tres mil metros. Es espléndida la experiencia de bajar este desnivel, los cambios de la vegetación, sobre todo, son espectaculares; la senda, que en las alturas es muy parecido a una calzada romana en perfectas condiciones, se la va tragando la selva hasta convertirse en un estrecho sendero que cruza lomas y valles interminables y verdes... Y el calor según se pierde altura. Llegamos a nuestro destino cuando anochecía al final de la segunda jornada. Volvimos a ver espléndidos ejemplares de epifitas y cactus que antes ya habías visto en Antofagasta y Chiloé, epifitas y cactus de navidad. Dormimos en Chojda, un pueblo minero. No encontramos sitio para albergarnos (el único chamizo disponible lo habían ocupado un grupo de gringos), pero nos ofrecieron el suelo de madera de una casa; era suficiente para nuestro cansancio.
De camino a La Paz, los pasajeros eran en su mayoría mujeres con sus sombreros de chola, sus atados con las guaguas y esa manera de hablar llorosa, con la voz quebrada, como si todo fuera puro sufrir, en contraste con lo rudas y lo brutas que se ponen cuando responden a una petición o alguna pregunta.

































Camino de Rurrenabaque

La Paz-Cochabamba

De
camino a Cochabamba la carretera corre por el altiplano a gran altitud rodeada de profundos barrancos y colinas, más allá de los cuales aparece un fondo de cumbres nevadas. Las casas son de adobe con tejado a dos vertientes cubierto de una hierba muy común aquí, la paja brava. El paisaje solitario e interminable de montañas peladas produce la sensación de una tierra totalmente abandonada, sólo de vez en cuando aparece alguna casucha o algún pequeño poblado en lo hondo de alguna quebrada. Cuando anochecía la carretera se asomó a un conglomerado de barrancos por donde se veían transitar a lo lejos las pequeñas luces de los camiones que sorteaban decenas de valles totalmente áridos y secos, y al final de los cuales estaba Cochabamba, en un inmenso valle abierto ya hacia la selva.


Cochabamba— Santa Cruz de la Sierra

Ahora sí, ahora ya es el trópico, y el calor, y probablemente los mosquitos. Desde Cochabamba la carretera trepa al altiplano de nuevo sobre su consabida vegetación rala; y desde allá, en un salto de apenas doscientos metros, el paisaje se satura de verde y de bromelias sobre los taludes escarpados de la carretera que desciende curva tras curva por colinas en donde ya no se aprecia un palmo de tierra libre de vegetación.
Después de siete horas de viaje, el camino transcurre llano y monótono por un paisaje tropical de plataneros, palmas, casuchas de tejado de paja o ramaje. De los cuatro mil metros hemos bajado a un inmenso llano a doscientos metros sobre el nivel del mar, que no volverá a elevarse ya hasta el Atlántico. Todos los ríos terminan dirigiéndose tarde o temprano hacia la cuenca amazónica. El paisaje me recuerda a las tierras del Golfo de Bengala. La carretera cruza numerosos ríos de aspecto achocolatado; como estamos en la época seca parte del cauce queda al descubierto. Siempre hay gente bañándose en ellos. Es la primera vez, en mes y medio, que podemos prescindir del jersey, ahora debe andar por los treinta y dos grados.
El cielo está muy bonito, esas nubes livianas que adornan los campos de El Chorrillo en primavera; es agradable estar sentado en las butacas delanteras de un autobús y mirar, y leer y adormilarse. Un señor a mi izquierda. me da conversación, hablamos de todo un poco, del altiplano, de la selva, de economía, de Darwin a última hora.
Los pequeños pueblos en los que paramos tienen un aspecto plácido, la gente de aquí es mucho más cálida y tratable, no es la sequedad de los aymaras del altiplano. De vez en cuando el autobús tiene que parar en algún control del ejército; nos bajamos, registran todo con una mano (en la otra llevan un enorme helado que lamen con delectación mientras husmean entre el equipaje)... y nos volvemos a poner en marcha. Atravesamos una de las zonas más frecuentadas por el narcotráfico de la cocaína. Es, sin embargo, una de las rutas más transitadas del país; Sta. Cruz-Cochabamba-La Paz forman el principal eje económico de Bolivia.
Ahora, las cinco de la tarde, la luz se hace suave y acariciadora, sólo quedan cien kilómetros para Santa Cruz.


Santa Cruz-Trinidad

Todo está oscuro, busco a tientas las teclas del ordenador. Las ventanas del autobús van abiertas de par en par, entra el agradable fresco de la noche tropical. Han puesto una película, pero han tenido la gentileza de dejar el volumen al mínimo, aunque también es cierto que la película se pasa en inglés. Qué agradable es viajar así, yo he terminado una novela (tuvimos que comprarnos una superlinterna para estas ocasiones) y mi compañera de batalla mira las estrellas; es un placer escribir en mitad de la noche mientras el autobús hace una interminable carretera que apenas se desvía en todo su recorrido de la recta. Doce horas de autobús, son las once de la noche, embarcamos a las seis de la tarde y llegaremos a Trinidad cuando comience a amanecer.

La suavidad de la noche invita a sentarse al fresco, cenamos al aire libre y nos vamos a la plaza, huele al pan y quesillo de las acacias, lo trae la brisa de algún rincón del parque. Esta noche recuerda alguna otra de los veranos del Pirineo, esas madrugadas de tomar café frío en alguna plazuela de un pueblo de la montaña mientras se comentan los acontecimientos del día. Hoy no dormimos bien en el trayecto de autobús entre Santa Cruz y Trinidad, durante el día hacía un calor del carajo, así que después de la comida nos hemos refugiado en la habitación del hotel, hemos encendido el ventilador que cuelga sobre la cama y nos hemos quedado en porretas a recibir el aire fresquito que nos venía del cielo. Me he dormido como en los mejores tiempos, apacible, perezoso, he dormitado largamente; cuando nos hemos levantado hacía un buen rato que había anochecido. Ahora suenan las campanas de la catedral, no falta ningún elemento a esta noche de pueblo pirenaico. Paseamos como dos burgueses satisfechos bajo los pórticos de la ciudad. Inexplicablemente las aguas residuales corren canalizadas a la vera de los pórticos.
Barajamos la idea de tomar uno de los cargueros que descienden alguno de los grandes ríos que se dirigen al Amazonas, pero cinco días en un barco de carga no parece un proyecto muy prometedor, así que decidimos dirigirnos a Rurrenabaque, donde operan todas las agencias de viajes que organizan excursiones a la selva. Desde allí ya decidiremos sobre si continuamos a Pto. Heart y Pto. Maldonado o no. Echamos cuenta y los días vuelan.

San Borja-Rurrenabaque

La temperatura sube de manera desacostumbrada y esta noche no hay ventilador. Todo está cerrado a cal y canto por miedo a los mosquitos. Viajamos a Rurrenabaque en una camioneta; todos apretujados en la caja como sardinas. El camino es muy monótono, es el tercer día de atravesar un paisaje siempre igual. El calor ha venido también a poner su puñadito de arena en el cansancio de hoy.

Hacemos recuento: desde La Paz hemos empleado seis días de viaje agotador, especialmente durante los dos últimos, terribles caminos de pistas polvorientas con varios ríos que atravesar; no existen puentes, la camioneta, el microbús de turno debe embarcarse entonces en grandes balsas de madera que son remolcadas por canoas con motores fueraborda. A veces ni siquiera eso y entonces el vehículo se ve obligado a vadear el río con el agua hasta el chasis. Apenas unos pocos kilómetros se convierten en viajes de un día. Y el polvo, nubes de polvo siempre. Cuando terminamos el último tramo y llegamos a Rurrenabaque, estábamos irreconocibles, creo que íbamos quince o dieciséis en la caja de una camioneta.






En el río Beni


Tres días río arriba a tres o cuatro horas de motora, acampados en la orilla de un afluente del río Beni, el Tuichi. Ambos somos un puro coladero de picaduras de mosquitos.

La ruta hacia el norte que aparece en nuestro mapa resulta que no existe, son proyectos de pista. Sólo hay unos pocos pueblos en estos dos tercios de Bolivia que componen la selva y la mayoría sólo tienen comunicación por río o por avión. Desplazarse por río es muy bello, siempre barcos de carga, pero muy lento, uno pasa semanas enteras metidos en ellos. Y los ríos cuanto más caudalosos más monótonos, el paisaje desfilando tan lentamente durante tantas horas es una experiencia de la que hemos desistido de momento; quizás algún día cuando tengamos todo el tiempo del mundo para nosotros.

Los días pasados en la selva resultaron un auténtico descanso, si bien los mosquitos fueron en todo momento una incomodidad notable. Lo más notable fue que mi consorte (jeje) se tragó una abeja viva. Se la tragó enterita, la abejita estaba haciendo natación en un vaso de zumo de naranja y ella, zas, ni verla; y la abeja, que no, que no quería bajar para abajo y que hacía jerebeques en el esófago. Debió de dejarle el conducto como las colinas del Guadarrama, ¡que me ahogo, que me ahogo, decía! y nada el bocio creciendo como un Aconcagua por encima del pecho. Todo el mundo allí, pobrecita, a ver si poniéndose boca abajo la abeja sale mejor; nuestro guía, Mateo, agitándola, un holandés palmeándola en el trasero, la holandesa animando el cotarro y poniendo cara de compungida. Nada, ni por esas, bueno yo mientras tanto leyendo a Vargas Llosa, porque como ya la conozco... pensé que quizás quería ligar con el holandés y estaba preparando el terreno pa por la noche. Pero coño, que no, que era de verdad, que se ahogaba. ¡Joder, vaya aventura!, con lo interesante que estaba la novela, el Lituama en los Andes haciendo averiguaciones acerca de Sendero Luminoso, y ella que no me dejaba leer. Bueno, después de tanto susto, nada, a la mañana siguiente todo había pasado, la abeja debió de quedar fulminada por los jugos del estómago.

De la selva nada, no salió ninguna anaconda, huellas a montones, de jaguar, de tigre, de elefantes, había que abrirse paso y pegar pataditas a los cocodrilos para que te dejasen pasar; a las culebras las utilizamos de lianas; pero vamos, quitando eso casi nada, muchos papagayos y tucanes haciendo más ruido que la leche. En algún lugar hicimos un poco el indio con las lianas, esas cosas en las que se columpiaba la mona Chita, o Tarzán, no sé. Son las leche esas cosas, te agarras en un extremo, tomas carrerilla y cojonudo, eso empieza a volar visto y no visto; lo malo es que a veces empiezas a ver que los árboles se aproximan a toda velocidad hacia tus lindas narices y aquello no hay quien lo pare; no obstante no hubo trompazos de consecuencia.

Vamos, que después de dos días de semejantes aventuras, no nos merecíamos un viaje de regreso a La Paz así, puros bultos de carga metidos en cajones de madera. Nos dice un holandés, el mismo al que quería ligar cuando lo de la abaeja, que el viaje de regreso es mucho mejor que el de ida, porque al volver el coche va por la parte de dentro, la que da a la montaña, y es más difícil que se caiga. Describía verdaderas historias de horas para poder cruzarse dos coches en la misma ruta; como los dos coches no suelen caber, el de fuera siempre va de culo, con las ruedas de fuera al borde del patatús. En estos casos se aconseja a los pasajeros pasar al lado contrario para hacer contrapeso, por eso de la cosa de la gravedad y porque la carretera circula sobre bonitos vacíos de dos mil metros.

Sucre

Llevamos cuarenta y ocho horas viajando, estamos muy cansados. Sin embargo esta ciudad resarce de tanta fatiga, alegra ver orden y buen gusto en las calles; arcadas, plazas arboladas, patios que recuerdan a aquellos de las ciudades del Mediterráneo, un gentío discreto por las calles, es un lugar acogedor.

América es un continente peculiar en muchos sentidos. A cada paso uno se ve preguntado y cuestionado por la complejidad de circunstancias que atenazan esta tierra desde hace quinientos años. Bolivia es uno de los países donde esta complejidad adquiere su grado máximo si a los problemas del subdesarrollo y culturales se le suma la idiosincrasia étnica y económica. Al margen de las simpatías y antipatías, que puedan condicionar una primera visión del país, es sumamente relevante cómo una región del mundo como ésta puede estar tan condicionada por los problemas particulares de su forma de ser, de entender la vida la mayoría de la población; y por supuesto por la economía del narcotráfico y los usos y costumbres de la población económicamente marginal. El problema de la coca, por ejemplo, tiene tantas derivaciones, que sería imposible decir nada con coherencia sin dedicarle muchas páginas de análisis. En la selva hemos comprendido bastante el punto de vista de la población que vive de este cultivo, uno llega a entender que no hay en ninguna parte del mundo un interés real por la desaparición de las plantaciones de coca. Hay un cinismo relevante en el tratamiento de este tema. El costo de las subvenciones norteamericanas al agricultor boliviano viene a ser el costo del cinismo adecuado para comprar la mala conciencia colectiva de un fundamentalismo religioso mojigato. Nada hace pensar que en la mentalidad de los negociadores para la erradicación de la cocaína haya una real intención de hacerla desaparecer. Una vez más se manejan los cauces de la propaganda a nivel mundial para camuflar grandes negocios internacionales. Y a las gentes de allá, de acá en este caso, que les den por culo. Se huele en las calles de Latinoamérica un antiamericanismo visceral. Se siente que la plata la manejan ellos ... Y uno enciende la televisión y observa perplejo hasta donde la colonización cultural americana es un hecho aceptado sin el menor cuestionamiento: el policía americano, el macho americano, la prepotencia, el cinismo, su ética-basura.

¿Pero se puede hacer una política de izquierda?, le decía el otro día a Mateo, nuestro guía en los días que pasamos en la selva del Tuichi, ¿hay alguien que pueda hacer una política de izquierdas en un mundo en que las interrelaciones comerciales están tan íntimamente imbricadas unas con otras? Las raíces de los sistemas económicos, de sus relaciones particulares, están tan entrañablemente mezcladas como puedan estarlo las raíces de árboles y plantas de esta selva boliviana. ¿Cómo individualizar, no tener en cuenta los múltiples niveles de simbiosis, las mutuas dependencias? ¿Y qué sabios con buena voluntad encontrarán los distintos países para enderezar las autonomías y crear riqueza en los países de origen? Uno se siente impelido a creer que esto no existe, que lo que realmente hay son voraces y flemáticos usurpadores, criminales todopoderosos mimetizados con la bandera de ese “nuevo orden” que no es otro que el de la depredación a toda costa del tercer mundo amparado en una salvaje economía de mercado en donde unos pocos deciden todo.

Salimos a dar una vuelta y a cenar. Es sin duda la ciudad más acogedora que hemos visitado durante este viaje. No tiene nada que ver con el resto del país.

“Combata la pobreza, ¡mate un mendigo!” ¿Qué se proponen los herederos de Malthus sino matar a todos los próximos mendigos antes de que nazcan? (Las venas abiertas de América Latina, Eduardo Galeano)

¿Realmente esto que defiende Galeano de conservar estos índices de natalidad (sobra espacio, hay que poblar América, dice) no es una pirueta intelectual? La base de una natalidad galopante, la forma, todo el mundo lo sabe, la incultura, la falta de previsión y un grado de indolencia mental considerable.

¿Pero es necesario poblar la Amazonia? Si Bélgica y Francia están así de pobladas, ¿igualmente debe estarlo Laponia, Groenlandia? “En la mayor parte de los países latinoamericanos, la gente no sobra: falta” ¿De qué manera la Amazonia podría sostener una población similar a la de Bélgica, por ejemplo?. Parece como si los criterios de población hubieran de ser extendidos por igual a todo el mundo; este punto de vista, mantener los altos índices de natalidad porque el país admite una población relativa mayor es incomprensible. Otra cuestión sería que el agricultor uruguayo pudiera disponer de la tecnología agrícola estadounidense, pero ¿cómo podría el agricultor uruguayo llegar allá en la mejor de las circunstancias?


* * *

Se me ha aparecido la virgen subiendo una escalera.

Trepo los escalones del hotel y en el descansillo vuelvo a ver el póster de las cumbres del Sassolungo con un primer plano de agua y flores rabiosamente coloreadas. Y ya que este largo viaje por América parece abocar a un final en espera del otoño y del trabajo, se me cruza en estas condiciones la primavera dolomítica de las montañas de siempre y recibo como una punzada su llamada. Después de regresar de América, volar a las Dolomitas, esa es la aparición. El verano de las montañas vuelve a nacer así en mitad de estas vacaciones para remontar el vuelo hacia los paraísos visitados de siempre. Las Dolomitas son otro mundo que duerme dentro de mí arropado por la memoria de las vivencias profundas.

Cuando la intensidad del esfuerzo es grande, la lógica del cuerpo pide descanso, cambios de ritmo, el llano sigue a las montañas; pero algún resorte interno me pone sobre aviso de este descanso engañoso; los ratos de intensidad yacen escondidos en la incertidumbre del esfuerzo, en el alba que nos sorprende pisando los caminos de las cumbres. Pienso que buena parte de lo que quiero vivir está en el escenario de lo que he vivido; no de otra manera puede entenderse que levante en mí estos deseos valles tan conocidos como los de las Dolomitas. Es el arrullo de las asociaciones de la memoria que me invita a husmear rincones de un mundo familiar. Pensar desde estas asociaciones me crea un nuevo estado de excitaciones y expectativas. ¿Duermen en mí deseos que desconozco? Recuerdo mi última estancia en Brenta, que fue una gratísima experiencia, y no tiene, sin embargo la luz con la que yo veo esta tarde aquel norte de Italia; las de esta tarde son montañas vinculadas a remotos años pasados, imagino todo aquello y me siento muy excitado; en mi voluntad aparece el deseo de rescatar aquellas cumbres. Por ahí circulan mis sueños, se alzan como una voz de alerta que pide ser escuchada más allá de lo pasajero de un deseo agradable.

Y sucede que según me acerco a estas tierras los recuerdos se reproducen unos a otros y entonces, de las entrañas de la memoria surgen a borbotones más y más montañas vestidas de alba, de estrellas, de largas y costosas ascensiones conseguidas tras laboriosos sacrificios. Y me asalta la duda, ¿volver a saciarme de montañas, de esfuerzos extenuantes, de valles, de soledad?; ¿y llegar ahíto al otoño como quien regresa de atravesar el desierto hermoso y sediento?; ¿y volver a cargar la cámara de imágenes y colores con los que nutrir el invierno y la juventud recientita inaugurada con este desmadre de la cincuentena en ciernes...? ¿y volver a escucharme a mí mismo durante una larga temporada pateando la tierra como un lobo hambriento de vida?

Me sorprendo a mí mismo escribiendo las líneas anteriores. Me pienso en el estado anímico inmediato de estos días y no me reconozco esta nueva disposición. Y mientras escribo esto último se me ocurre que, coño, estas cosas hay que aprovecharlas, que no pueden dejarse las velas arriadas cuando soplan vientos tan poco usuales. Por cierto, ¿cómo nacerán estas cosas? Lo de hoy es un accidente; Victoria me manda a comprar agua a la tienda de al lado, bajo con desgana, estoy demasiado a gusto arrullado al calor de la lectura; bajo junto al póster y nada, compro el agua, vuelvo a subir, lo miro de refilón y mientras subo los cuatro o cinco escalones —cuatro o cinco, no más—, plas, de golpe me viene la llamada de las cumbres arroyando con su fragor repentino cualquier expectativa en ciernes, y no me reconozco porque, haciendo balance de la gran cantidad de tiempo que dedico a pensarme o a repasar las realidades de mi entorno, cada vez descubro menos estos ramalazos de viento, que sólo veinte, veinticinco años atrás tenían la capacidad de embestida con que amenazan esta tarde en el corto espacio de tiempo en que consumo un mate.

Victoria me recuerda una idea leída en Vargas Llosas, parece que tomada de Cioran, la necesidad de dejar un lugar en la existencia para “visitar el animal que llevamos dentro”. ¿Ese animal que llevamos dentro, nosotros mismos, se corresponde exactamente con el que compartimos la mayor parte de la existencia? o más bien sólo nos aproximamos tímidamente a él, en plácido equilibrio con otras demandas, otras convenciones, otras perezas, otros sucedáneos... Trágico interrogante, porque hay una verdad que no tiene vuelta de hoja, rodeando el peligro, el esfuerzo o el sufrimiento la existencia nunca puede ser igual de sabrosa. Las sombras de las realidades se confunden fácilmente con la consistencia de las realidades mismas. ¿Cómo cerciorarse de la calidad de la realidad vivida cuando es tan fácil vivir alimentado de las sombras o de entidades menores?

Viajar siguiendo una guía, pasar por atender las curiosidades comunes de los viajeros, descansar de siempre lo mismo, es un imperativo necesario; pero tiene poca sustancia si uno sigue la ruta ancha de lo que medio mundo va dejando delante de nosotros, si uno no se sale del camino y no se acerca a dejarse los músculos mascullados valle arriba entre las piedras, la nieve o el frío. Hay maneras muy sutiles de rodear los escollos del esfuerzo o, por decirlo de otra manera, el esplendor generoso de la naturaleza; somos capaces de engañarnos a nosotros mismos durante largos periodos de tiempo, somos capaces de incapacitarnos con la metafísica del tiempo y la degradación con tal de substraernos al esfuerzo de enfrentar el sufrimiento y el esfuerzo, no entendiendo que no es dable la recompensa con la sola pasión de contempladores desde la llanura; que la sola pasión no es suficiente, que necesita del ejercicio de la pasión sobre la tierra para que de esta unión nazca el hombre que duerme y acosa a su amada en la soledad de una naturaleza recuperada.

Entre Potosí y Salta


Potosí: ¡qué frío! Esta ciudad es heladora. Al final hemos compuesto un día simpático callejeando por la ciudad. No, no son cuatro casuchas, es un esplendor que debe de llevar siglos derrumbándose, una ciudad que podría ser muy bella mejor conservada. Hay rastros por todos los lados de la arquitectura regional española. El sol es brillante y la atmósfera clara. Muchas de las fotografías que hemos tomado me recuerdan algunos de los recorridos por España, calles, fachadas, balconadas, iglesias, gente sentada a la puerta de las casas. Hemos terminado el día en un concierto de música folklórica boliviana, Arpegio, se llamaba.

Estamos sobre los cuatro mil metros y el frío es intenso, en la habitación del hotel no hace menos frío que en la calle. Los enchufes no funcionan y, como consecuencia, tampoco podemos tomarnos un café caliente.

Y de España llegan unas líneas de Guillermo:

Viernes: Irún-Madrid

Y Proust se deshizo, se desmembró.

Avoir un toit de verre,

un coup de dés

et pommes de terre.

Laiser le temps venir.

Aller tour suite.

* * *

Desde Potosí hay por medio veinticuatro horas de viaje ininterrumpido, una noche en Jujuy y por último tres horas entre Jujuy y Salta. Mañana por la tarde salimos para Resistencia. Estamos más cerca de casa que nunca.

Hoy me levanté con un grata sensación de bonanza que se extendía suave frente al más allá del otoño. En el bus leía Sinchikay, de Jesús Lara. Rafuti, su tía retozando furiosamente con él en cualquier momento posible. Y sin que tuviera apenas nada que ver con el asunto recordaba situaciones similares de los tiempos de Italia, caminaba mi memoria por lugares diversos de mi vida y todo era pan de cada día, vida de la que se puede comer a rebanadas de pan con mantequilla y azúcar, vida ni siquiera densa, vida de pueblo, maciza, como las nalgas de una moza rolliza y contentadora. Y leía, y a veces miraba por la ventana, y yo era una hormiga de tantas en esta tierra llena de hormigas, una insignificante hormiga que va de un lado para otro del mundo, que trabaja, que se tumba al sol o que siente la templanza de esta tibia mañana invernal de Salta.

Leer a Eduardo Galeano. Las venas abiertas de América Latina es un ejercicio necesario para empezar a comprender el principio de muchos problemas, la indignación chorrea acre leyendo cualquiera de sus páginas; pero, hay, sin embargo, algunas cuestiones que no cuadran en torno a las expectativas posibles, ¿qué habría sido mejor en lugar de...?; le falta al libro el contrapeso de una realidad más en consonancia con una realidad global, con los mecanismos sociológicos y psicológicos que intervienen en el proceso económico, con la realidad de los comportamientos humanos. Uno se siente acogotado por quinientos años de historia, pero pasar unas semanas en Bolivia y descender hacia el sur y llegar a Salta produce en mí la sensación física de que hay mucho más que el largo discurso de Galeano. Esta gente es diferente, independientemente de las distintas posibilidades que haya tenido, su actitud ante la realidad evidentemente es otra cosa que allá en el norte. ¿Se puede no tener en cuenta la idiosincrasia de la gente cuando se trata de poner en funcionamiento un país? ¿Necesariamente los indios tienen que incorporarse a la economía vigente?

¿Habría habido otra manera de acceder a nuestro actual estilo de de vida —tantos cadáveres dejados en el camino—, al grado de desarrollo que tenemos, por otro camino que no fuera este del surgimiento del capitalismo tal como se ha dado? Sin esta explotación de unos por otros —el hombre es un lobo para el hombre—, de la cual somos nosotros ahora usufructuarios, ¿sería posible hoy un nivel de vida en el orden mundial parecido en algo a lo que vivimos? Esa ética, esa solidaridad de la que se habla en los círculos socialistas o bienintencionados simplemente, visto como funciona el mundo, la historia, la gente y las personas en particular, ¿podría decirse que es un camino posible?

¿No es la acumulación de capitales en unas pocas manos el motor de una buena parte del usufructo que disfrutamos hoy? Es una afirmación tremenda, pero ¿de qué manera puedo yo beneficiarme del disfrute de los medios con los que vivo negando la base sobre la que está fundamentado ese nivel de vida?

Un ejemplo algo simple sobre la base de mis últimas lecturas de Galeano. Repartamos toda la plata que se produjo en Potosí durante siglos, los productos del azúcar, del cacao, etc. entre todos aquellos países que intervinieron en el proceso de producción. A partir de aquí cuál habría sido el camino del dinero, qué porcentaje habría servido para fundamentar un desarrollo económico posterior, ¿no andaríamos ahora con las plumas en la cabeza? El proceso de acumulación de capitales, siglos y siglos componiendo y recomponiendo un inmenso y complejo puzzle, tiene sus raíces hundidas en el expolio de los países más indefensos y ricos en materias primas. ¿Cómo hubiera sido si ese proceso de acumulación de capitales no se hubiera dado? ¿Cuáles habrían sido sus resultados en la actualidad?

El motor del cambio, sus posibilidades, en este último caso, ¿dónde estaría? Y aquí habría que hacer un paréntesis para ver cómo las distintas idiosincrasias, las distintas actitudes ante la laboriosidad, creatividad, se integran en el proceso económico, y como unas y otras reciben la parte correspondiente a su laboriosidad. En cualquier manera hay mucha gente que no tiene mentalidad de mercader. Yo me gastaría lo ganado y como mucho guardaría para prevenir tiempos peores. Es una parte del mecanismo, por fuerza tiene que haber gentes distintas a mí para que el mecanismo de la acumulación desencadene riqueza, que a su vez active el proceso económico que pueda hacer posible una situación similar a la que vivimos hoy en Occidente.

Hacemos la crítica a los españoles que devastaron el continente americano, pero como manteniendo un sentimiento romántico sobre lo precolombino, como si el Imperio Inca hubiera sido una hermanita de la caridad, o como si las barbaries aztecas constituyeran una civilización cuyo trato al individuo fuera algo envidiable. Tampoco es que tratemos de curarnos en salud diciendo que todos son igual de bestias, solo se trata de identificar, aislar, las cosas que son, que suceden, de otras que deberían ser. Lo que es, lo que ha sido, es inapelable, no hay posible equivocación sobre ello porque fue así, mientras que lo otro siempre será lo posible, indemostrable mientras no sea probado, un asunto de buena intención, creado por la fábrica de las ideas del hombre. Las tantas variables de cualquier proceso histórico o económico, por fuerza sólo son en cuanto se integren en la praxis; muy por el contrario la teoría, el “mejor habría sido” o sería, muy frecuentemente olvida en sus planteamientos cuestiones fundamentales que han dado al caos con sistemas económicos radiantes, por el simple hecho de haber sobrevalorado temas tales como el presumible sentido de la solidaridad, o subvalorado otros como la motivación, la competencia, los alicientes económicos. De alguna manera el proceso global debería tener en cuenta aspectos importantes de comportamiento y motivación interna del individuo. Sin ello tarde o temprano el tinglado entero puede venirse abajo.

Fin de viaje

Salta - Resistencia

La paz con uno mismo contagia el ánimo hacia el entorno. Se puede armar un zafarrancho por un peso cobrado indebidamente; el otro interviene y pregunta: ¿cuál es el drama?, tiene razón, es correcto el tono irónico, aunque lo que diga es que sólo ha intentado birlar sin más el peso, pero ¿y qué?, ¿es para tanto? Visto el mundo desde esta bonanza, todas esas actitudes parecen como segregadas por un mal llevado sentido del humor. Las dificultades de la contención, como gato con el lomo crispado dispuesto a saltar en cuanto te comen un poco el terreno. ¡Calma, hombre, calma!, no es para tanto!, ¿dónde está el drama? Dichosos los flemáticos, que recibieron el don de la imperturbabilidad, o mejor la de estos argentinos con un sentido del humor de raíz italiana adobado con una familiaridad de la cosa cotidiana tan fresca y natural...

Anda la timidez detrás de estas cosas, el tímido es poco dúctil, se arranca a trompicones, encuentra difícil la conexión con el mundo circundante, pero que se desborda como arroyo sorprendido con un chaparrón imprevisto sin parar mientes en el sentido contextual de la cosa cuando alguien intenta tomarle el pelo.


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Asunción

Una vez más el plácido camping del Jardín Botánico de Asunción, con mosquitos incluidos. Noche de viaje desde Salta, desde la siete de la tarde hasta la hora de comer del día siguiente. Para cenar pedimos media parrillada completa, nos hemos puesto ciegos a carne y cerveza, como para no volver a catar la carne en una semana. Los días prometen ahora ser jornadas de descanso; después de este largo periplo estamos deseosos de largas horas de lectura, nada mejor para ello que este parque en medio de la ciudad. Junto a los mosquitos hay montones de aves y también el bufido de los elefantes que ponen su nota bronca en el silencio de la noche.


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A MIS HIJOS

Estoy solo, Victoria ha ido a por las gafas a la terminal de autobuses. He lavado la ropa, la he tendido, me preparo un café porque no hay nada que desayunar y no tengo ganas de desperdiciar la mañana moviéndome de aquí; me he duchado, me he afeitado. Entro en la tienda, la carpa de aquí, y veo un espejo sobre el suelo; me miro, este soy yo, me digo, ese rostro rasurado que mira con curiosidad su reflejo en este rectángulo enmarcado de madera, y fugazmente me pasa por la mente la imagen de mis hijos, Mario, Lucía, Guille. Mi rostro y el de ellos en este universo de todo lo que existe; en ese mundo mi rostro, el de mi madre muerta, el de ellos; relaciones de dependencia, de afecto, de sangre, de rumor de hojas en medio de la brisa, de rayos de esperanza, de desasosiego, de pena, de distancia anhelante hoy. Mientras, pájaros desconocidos para mí picotean el aire, llenan la mañana tibia de música. E indago en mi rostro, esa mirada que busca ubicarse en la realidad.

El rostro recién afeitado, una pizca sorprendido, como quien se tropieza a la vuelta de la esquina inesperadamente con un amigo a quien le une una especial relación afectiva. Es día de descanso, la pantalla del ordenador, de blanco neutro bajo la sombra tupida de un laurel, es parte del paisaje que contemplo esta mañana; no necesito mirarla, escribo mientras observo los alrededores, los niños que juegan al balón, la ropa que se seca, un prado verde más allá de la valla de alambre del camping. Mi cuerpo está tonificado por la gimnasia, la ducha, un sueño reparador bajo la protección del mosquitero; está ligero, como ropa tendida al sol bamboleada por la caricia del aire; es todo ojos, todo oídos, pasea su curiosidad por el rostro de su gente, indaga desde la apacible suavidad de la mañana por las cosas amontonadas en el espíritu; amontonadas, revueltas, revoloteantes como mariposas, arrumbadas como ramas abandonadas en el arco calmo de un meandro.

Una intensa emoción se apodera de mí pensando en mis hijos. Desde la soledad de templo de esta mañana, contemplaros, renovar mi comunión con vosotros para que mi soledad sea soledad densa, para que la nada que se cierne sobre la tarde sea compañera amable del todo, de vosotros que amo, de vosotros que me hicisteis vibrar en la noche trémula, en el aire liviano, en la mañana lechosa de niebla, en el brillo malva del horizonte tras el espectro nudoso y desparramado de aquel árbol interpuesto entre el horizonte y mis pensamientos.

Puro anhelo atrapado en la longitud del cuerpo, pasión contenida, mañana de éxtasis, hora de esperanza. Tiempo de espera.


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Anoche asistimos a un concierto de Mozart; buen final para un día de sedentarismo como el de ayer. Quizás algún apunte, una encopetada pareja, de las que se levantan y aplauden a rabiar, de las de brazaletes de oro, etc., desenvolviendo calmosamente un caramelo de esos de papel chirriante y aparatoso, lentamente, mirando a las musarañas. Y luego eso sí correr a hablar con el director de orquesta, con el solista. Y otro que perdía el culo para visitar a todo el mundo, repartiendo sonrisas a diestro y siniestro, cuchicheando durante todo el concierto, entusiasmo inflado de provincialismo, de esos que levantan las sonrisas de los espectadores neutros. También estaban los senos apretados y lunares de una violinista asomando saltones y gozosos por el escote del traje de gala.


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Ya acabó el viaje. Ahora es espera, la del día del vuelo. Ni las lecturas logran matizar la inquietud del regreso; el que espera desespera.

Es la última noche, tibia y apacible noche bajo los cuarenta watios de la farola del camping, mañana dormiremos sobre el Atlántico camino de Madrid. Visitar reiteradamente el lugar de los sueños, atravesar los paisajes que movieron siempre nuestros pasos en décadas pasadas, tiene la “virtud” de desecar la curiosidad primera, el juguete queda un tanto abatido en las manos después de haberlo manoseado durante semanas enteras, hay algo de muerte en esto de conseguir los propósitos.



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